Cambiando

“Cambiar, ¿para qué?” Esa es la respuesta de muchas personas que tienen problemas con el cambio. Aunque las cosas no estén funcionando, prefieren seguir haciendo lo mismo, obteniendo resultados muy pobres, pero conformándose por temor al cambio. Sin embargo, el cambio es natural, bueno y muy enriquecedor. Por ejemplo: ¿qué sería de las plantas si no crecieran y se convirtieran en árboles frondosos o en hermosas flores y rosales? ¿Qué sería del ser humano si no creciera y llegara a la madurez? ¿Qué sería de la naturaleza sin las diferentes estaciones? ¿Qué sería de los animales si no formaran parte de una cadena alimenticia? En fin, el cambio es evidente e inevitable. La pregunta que surge es: ¿por qué queremos evitarlo nosotros?

Aquí te ofrezco tres pautas para recibir los cambios. En primer lugar, evalúa los tiempos, procesos y eventos que estás atravesando actualmente de manera objetiva. Segundo, considera el efecto que dicho cambio tendría en tus relaciones más importantes y en tu crecimiento personal. Tercero, toma en cuenta lo que dice la Palabra de Dios, otros creyentes y mentores maduros en la fe, y nunca ignores la voz del Espíritu Santo. Aceptar el cambio puede ser un desafío, pero es a través de él que crecemos y nos transformamos en la mejor versión de nosotros mismos, reflejando la luz y el propósito que Dios tiene para nuestras vidas.

La Biblia dice en Efesios 4:22-23, 22 desháganse de su vieja naturaleza pecaminosa y de su antigua manera de vivir, que está corrompida por la sensualidad y el engaño. 23 En cambio, dejen que el Espíritu les renueve los pensamientos y las actitudes” (NTV). 

En Oscuridad

Hace algún tiempo, al visitar la selva, recordé lo que se siente dormir en completa oscuridad cuando me desperté durante las altas horas de la noche. Instintivamente, el ser humano busca un poco de luz en medio de la oscuridad, ya que una pequeña luz en un lugar totalmente oscuro suele brillar de una manera impresionante. Una pequeña lámpara marca la diferencia cuando se está caminando en la oscuridad selvática de la noche.

Esto me hizo reflexionar sobre la luz que irradiamos como hijos de Dios. Nosotros somos esa luz que alumbra intensamente en la oscuridad. Somos el punto de referencia para los perdidos. Somos la llama encendida para el que tiene frío. Somos la lámpara en el camino para el desubicado. Somos la esperanza para los ciegos. Somos la guía para los que pueden ver, pero andan desorientados. Somos la esperanza para el que se encuentra caído. Somos la paz para el que está oprimido y la confianza para el que se siente entristecido.

Entonces, ¿cómo estás dejando brillar tu luz? ¿Estás permitiendo que otros sigan la luz de Cristo en ti o estás escondiendo el poder de la luz que hay en ti? ¿Cómo puedes hacer para que brille aún más? Recuerda que somos la luz en un mundo lleno de oscuridad.La Biblia dice en Mateo 5:15, Nadie enciende una lámpara y luego la pone debajo de una canasta. En cambio, la coloca en un lugar alto donde ilumina a todos los que están en la casa” (NTV).

Abrumados

¿Te has sentido abrumado, con dolor de cabeza y con ganas de hacer cualquier cosa menos continuar con lo que estás haciendo? Creo que este es un sentimiento que todos hemos experimentado. Nos abrumamos por las múltiples ocupaciones, por nuestras relaciones, por nuestras emociones, por el presente o por un futuro que puede parecer desafiante. Como dijo José Mujica: Estoy muy contento con el hoy, me tiene abrumado el pasado mañana. La conclusión es que los problemas nos abruman hoy en día, pero si permitimos que nos agobien demasiado, no seremos capaces de salir de ellos.
¿Cuál es la solución? Aquí hay algunas pautas: detente por un momento para reflexionar sobre las causas de tu gran preocupación. Determina las cosas que puedes cambiar y deja ir las que no puedes cambiar. Pregúntate si eres parte del problema o parte de la solución. Busca el consejo sabio de alguien maduro en la fe. Pídele paz a Dios y fortalécete en Su poder y no en el tuyo. Espera un tiempo y verás que poco a poco las cosas serán diferentes. Finalmente, toma una postura de fe, lee la Palabra de Dios para buscar dirección y ora constantemente para experimentar lo sobrenatural en medio de cada una de tus situaciones. La Biblia dice en Jeremías 17:7, “»Pero benditos son los que confían en el Señor y han hecho que el Señor sea su esperanza y confianza”, (NTV).

El Dicho: “No Pasa Nada”

“No pasa nada”. Esta es una frase que usamos comúnmente. Generalmente significa que “todo está bien o estará bien”. Otros usan la expresión: “Todo tranquilo”, para comunicar que las cosas están o van bien. Pero ¿realmente todo está bien? Esa es una respuesta rápida y cotidiana. Sin embargo, podemos estar desmoronándonos y aun así decir que todo está bien cuando no es así.

La verdad es que todos los días nos pasa algo. El día que no nos pase nada será porque estaremos a varios metros bajo tierra. La vida está llena de sorpresas, de altos y bajos, de incertidumbres, de victorias y de algunas derrotas. Nos ocurren muchas cosas en el día a día. No obstante, debemos aprender a no dejar que la vida se nos pase esperando los mejores tiempos, porque quizá ya los estemos viviendo. Como dice otra frase: “El problema no es tanto lo que nos pasa, sino lo que somos capaces de hacer con lo que nos pasa”. 
Por lo tanto, pase lo que pase, debemos ser estudiantes de la vida. Si nos pasamos la vida esperando a que algo pase, lo único que se pasará será la misma vida. La Biblia dice en el Salmo 28:7, “El Señor es mi fuerza y mi escudo; mi corazón en él confía; de él recibo ayuda. Mi corazón salta de alegría, y con cánticos le daré gracias” (NIV).     

Desganados

¿No tienes ganas? ¿Estás desganado(a)? O, como dicen por ahí, “¿estás sin ganas?” La verdad es que muchas cosas en la vida se hacen “sin ganas”. Si las ganas fueran un requisito para lograr grandes cosas, no haríamos muchas de las cosas que comúnmente hacemos, ya que muchas tareas se llevan a cabo por obediencia y no por cómo nos sentimos en un momento particular. Es en la obediencia donde Dios nos da la fuerza para seguir adelante. De este modo, hallamos un principio fundamental: “La mayor parte de las cosas que hacemos, no las hacemos porque tenemos ganas, sino porque debemos hacerlas”. Es decir, aunque carezcamos de ganas, la obediencia nos recompensa deliberadamente.

La obediencia tiene dividendos eternos y beneficios a corto y largo plazo. Puede que haya cosas que no deseas hacer o que no tengas ganas de hacer, pero al realizarlas, recibirás muchos beneficios y ricas bendiciones. Si a esto le sumas el esfuerzo, la dedicación, el sacrificio y la entrega, desarrollarás características esenciales para fomentar un espíritu vencedor en la vida.
Así que, “con ganas o sin ganas”, seamos obedientes a la Palabra de Dios, a Sus principios y a Sus caminos. Los beneficios de la obediencia serán testimonio de esta hermosa decisión. La Biblia dice en 1 de Samuel 15:22b, “¡Escucha! La obediencia es mejor que el sacrificio, y la sumisión es mejor que ofrecer la grasa de carneros” (NTV).

Edificar

Recuerdo que uno de mis primeros trabajos de verano cuando era estudiante en el seminario fue ayudar en algunos proyectos de construcción. Aunque no sabía nada al respecto, mi papel era el de llevar material y desempeñar pequeñas tareas para facilitarles a otros trabajadores su trabajo. Recuerdo en particular una casa donde trabajamos. Su diseño era hermoso, sus detalles muy costosos y su fachada muy impresionante. Sin embargo, al terminar de edificarla se dieron cuenta que su fundamento había quedado mal en un sector esquinero de la casa. De modo que tuvieron que suspender todo lo que estaban haciendo en ese día porque la prioridad era arreglar el fundamento.

¿Cuántas veces nos pasa de esa manera? ¿Cuántas veces después de haber edificado algo en nuestra vida nos damos cuenta que su fundamento no está bien? Lo peor que hacemos es seguir construyendo sin reparar el fundamento. De modo que, ¿Cuál es tu fundamento? ¿Está bien? o ¿estás edificando sobre un fundamento que necesita ser arreglado? Déjame decirte que si tu fundamento esta cimentado en Jesús, todo lo que construyas, quedará bien. Pero, si Jesús no es tu fundamento, todo lo que construyas tendrá problemas desde sus cimientos. Entonces, edifica sobre el fundamento de Jesús.

La Biblia dice en el Salmo 127:1a, “Si el Señor no construye la casa, el trabajo de los constructores es una pérdida de tiempo. (NTV)

No Puedo Más

“Ya no Puedo más”. Esta es una expresión común cuando estamos exhaustos o abrumados por alguna situación o persona en particular. Es nuestra manera de decir que no podemos continuar, o como se dice coloquialmente, que “queremos tirar la toalla”. Ante esta idea, encontré un lema que ofrece una respuesta interesante: “Si vas a tirar la toalla, que sea en la playa”. En otras palabras, no debemos rendirnos, sino seguir adelante con perseverancia y determinación. Debemos transformar el “ya no puedo más” en un “puedo un poco más”. Pero ¿cómo lograrlo?

Primero, debemos conocer nuestros límites. Es fundamental saber hasta dónde podemos comprometernos y en qué capacidad. Segundo, debemos dedicarnos a actividades que se alineen con nuestras habilidades. Esto generará un sentido de retroalimentación positiva que nutrirá todo nuestro ser, incluso si nos sentimos físicamente cansados. Tercero, debemos aprender a decir “no”. No todo lo que podemos hacer, debemos hacerlo. Es esencial evaluar nuestros tiempos y compromisos para no sobrecargarnos.
Finalmente y, sobre todo, debemos buscar la guía de Dios para encontrar descanso en Él, recibir fuerzas y sabiduría en nuestras acciones, y confiar en que nuestro futuro está en Sus manos. La Biblia dice en 1 Juan 5:4, “¡Pero gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (NVI).

En Momentos

Recuerdo en mi infancia cuando mi madre entonaba un canto que decía: “En momentos así, levanto mi voz, levanto mis manos a Cristo.” Más adelante, continuaba: “Cuánto te amo Dios, cuánto te amo Dios, cuánto te amo, Cristo te amo.” Esta es una gran verdad. Hay momentos en los que solo podemos levantar nuestras voces y nuestras manos en rendición total a Dios. Se nos acaban las palabras y podemos estar cansados, pero reconocemos que le amamos.

Levantar nuestra voz significa comunicarnos de corazón con nuestro Señor. Significa expresarle desde lo más profundo de nuestro ser lo que sentimos. No importa cómo nos sintamos, lo importante es “expresarnos delante de Dios.” Levantar las manos es una señal de “rendición y sumisión.” No es un rito religioso, sino una expresión externa de nuestro interior. Cuando un ejército se rendía en la guerra, usualmente levantaban las manos y se inclinaban ante sus oponentes. En la vida cristiana, debemos rendirnos delante de Dios. Debemos reconocer que no podemos solos en esta batalla y en humildad admitir que necesitamos de Él.

No sé en qué momento te encuentras hoy, pero estoy seguro de que si levantas tu voz y te rindes a Dios, Él te ayudará a seguir adelante en la batalla diaria de la fe.La Biblia dice en Salmos 141:2, “Suba mi oración delante de ti como el incienso, El don de mis manos como la ofrenda de la tarde.” (NTV).

El Ayudador

Mi hijo constantemente me dice: “Papá, yo soy tu ayudador”. Desde pequeño se ha considerado un “gran ayudador”. La verdad es que todos necesitamos un poco de ayuda. A lo largo de nuestras vidas, hemos recibido apoyo de otros en situaciones simples y en momentos más complejos. Como dijo Henry Ford: “Unirse es el comienzo; estar juntos es el progreso; trabajar juntos es el éxito”. Nos necesitamos unos a otros para lograr cosas que nunca pensamos alcanzar.

La Biblia describe a Dios consistentemente como “nuestro ayudador”. Muchas veces se menciona que “Él es nuestro ayudador”. Dios, el creador de todo lo que existe, es nuestro ayudador. Él es nuestra fuerza, nuestro aliento y nuestro fundamento. Él levanta nuestra cabeza cuando estamos abatidos. Nos rescata de los peligros más inminentes y nos protege en todo momento. Él nos capacita, nos fortalece y nos establece. También nos sana, nos da perspectiva y renueva nuestras fuerzas cada mañana.
Nuestro Padre celestial es nuestra ayuda. La pregunta es: ¿clamas a Él por ayuda? ¿confías en Él como tu ayudador? ¿Esperas Su ayuda en los momentos más felices y Su intervención en los momentos más críticos de tu vida? Recuerda siempre que “Él es tu ayudador”. La Biblia dice en Hebreos 13:6, “de manera que podemos decir confiadamente: El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre” (RV1960).

Escuchar y Amar

Hay una gran diferencia entre “oír” y “escuchar”. Puedes oír algo sin realmente escucharlo. He presenciado numerosas discusiones donde se prestaba atención a las palabras, pero no a las emociones y acciones detrás de ellas. A veces, las palabras ni siquiera importan tanto. Alguien puede decir “Estoy bien”, pero su tono y comportamiento pueden indicar todo lo contrario. Escuchar significa captar también lo que no se dice. Escuchar es prestar atención a todo tipo de comunicación. Esto se llama empatía. 

La empatía implica ponerse en el lugar del otro y comprender su perspectiva. Es preguntarse a sí mismo: “¿Cómo me sentiría si estuviera en esa situación?”. Escuchar con empatía significa prestar atención sin interrumpir, percibiendo los miedos y los sentimientos. Oyes lo que no se está expresando verbalmente, no tratando de solucionar el problema a primera instancia. A veces, la sanidad viene simplemente por escuchar.
Por eso, escuchar es probablemente la habilidad más importante para construir amistades y relaciones. No puedes amar a las personas sin escucharlas. Entonces, ¿Estás escuchando o solo oyendo a las personas que dices amar? Recuerda que “no se puede amar sin escuchar”. La Biblia dice en Romanos 15:2, Deberíamos ayudar a otros a hacer lo que es correcto y edificarlos en el Señor”, (NTV)