El entusiasmo es un buen comienzo, pero un mal combustible a largo plazo. En la primavera de 1952, el alpinista suizo René Dittert, jefe técnico de la primera expedición suiza al Everest, llegó con su equipo a 8.595 metros de altura, más alto que cualquier ser humano hasta entonces y tuvo que descender sin llegar a la cima. No por cobardía, sino porque los recursos y la tecnología de la época eran insuficientes. Dittert documentó aquella experiencia con una convicción notable: lo que se aprende en el intento fallido prepara al que llegará después. En efecto, Edmund Hillary y Tenzing Norgay completarían la ascensión al año siguiente usando la ruta que los suizos habían abierto.
Así que, la perseverancia bíblica no promete victoria inmediata; promete formación real. El Señor Jesús nunca prometió que el camino sería breve. Prometió presencia constante. Cuando el entusiasmo ya no basta, la fidelidad toma el relevo. No es glamorosa, pero es lo que Dios honra. Si el impulso inicial se ha apagado, no lo interpretes como señal de fracaso. Es la invitación a caminar por fe y no por emoción. Algunos de los frutos más duraderos nacieron de los intentos que primero parecieron perdidos.
La Biblia dice en Hebreos 12:1: “Corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante”. (RV1960).