El brote pequeño

En 1816, una erupción volcánica en Indonesia arrojó tanta ceniza a la atmósfera que ese año se conoce como “el año sin verano”. Las cosechas fallaron en Europa y América del Norte. Sin embargo, en los campos más protegidos, algunos cultivos sobrevivieron bajo la ceniza. La vida encontró la manera.

La fe tiene esa misma resistencia. En temporadas donde todo parece oscuro, donde el contexto no favorece y los pronósticos son adversos, algo puede crecer de todas formas. No por optimismo humano, sino por la obra de Dios. El brote más pequeño es muchas veces la señal más poderosa de que Dios sigue obrando.

No arranques antes de que crezca lo que Dios está haciendo crecer.

La Biblia dice en Isaías 43:19: “He aquí que yo hago cosa nueva; pronto saldrá a luz; ¿no la conoceréis? Otra vez abriré camino en el desierto, y ríos en la soledad”. (RV1960).

Lo que permanece

Una vela se apaga con el viento. Una brasa bien cubierta puede mantenerse encendida durante horas. La diferencia no está en la intensidad inicial, sino en la profundidad con que arde.

La fe que se sostiene no es necesariamente la más llamativa, sino la más anclada. El Señor Jesús no llamó a sus discípulos a una emoción prolongada, sino a una permanencia constante. “Permaneced en mí”, les dijo. Esa permanencia es la condición del fruto real. Lo que permanece en lo ordinario es lo que se mostrará firme en lo extraordinario.

Cuida la brasa más que la llama. Lo que arde despacio, dura.

La Biblia dice en Juan 15:5: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer”. (RV1960).

Mamá

“Mamá”, esa es la primer palabra que muchos bebés balbucean al comenzar a hablar. Las mamás son un regalo especial para cada ser humano. Esta es una de las palabras más bellas que puede salir de los labios de una persona. Alguien dijo que “Una madre es alguien que a pesar de todas tus fallas, te sigue queriendo y cuidando como si fueras la mejor persona del mundo”. Un acróstico de la palabra madre dice que una madre es “maravillosa, amorosa, dedicada, radiante y ejemplar”. Creo que estas palabras se quedan cortas para describir el amor de una mamá. 

Las mamás tienen un amor indescriptible que ha sido dado por Dios para cuidar, animar, disciplinar, instruir y desafiar a todos sus hijos. Cada una de ellas es especial para Dios y para cada familia a la cual pertenezca. Mamá no es solo la que engendra, sino también la que cría, sustenta y cuida a otro ser querido. De modo que si tienes le título de mamá, portas uno de los títulos de más investidura, de más honor y de más admiración. 

Hoy conmemoramos a cada mamá que vive y aún a aquellas que aunque no vivan, viven en cada uno de nuestros corazones. Recordemos que hay una promesa para todos al honrar a mamá y hoy honramos a cada una de ellas. La Biblia dice en Efesios 6:2-3, “Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra”, (RV1960)

Confiar en lo que no entiendes

En mayo de 1952, Rosalind Franklin capturó la Fotografía 51, una imagen de rayos X del ADN de una nitidez sin precedentes. Esa imagen, compartida sin su conocimiento, fue la clave que llevó a Watson y Crick al descubrimiento de la doble hélice. Franklin hizo con excelencia lo que tenía delante, sin ver el alcance completo de lo que Dios permitiría con ese trabajo.

A veces se obra fielmente sin comprender del todo el propósito. El Señor Jesús prometió guía, no mapa. Prometió presencia, no explicación anticipada de cada etapa. Confiar con entendimiento completo no es fe; es comodidad. La fe auténtica obedece cuando no hay claridad total.

No exijas entender todo antes de confiar. La guía de Dios no requiere tu comprensión; requiere tu disposición.

La Biblia dice en Proverbios 3:5-6: “Fíate de Jehová con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas”. (RV1960).

Sembrar sin ver

El agricultor que siembra en otoño no verá el fruto hasta meses después. Siembra de todas formas. No porque controle la cosecha, sino porque confía en el proceso que inició pero no puede manejar.

El Señor Jesús usó esta imagen para hablar del reino. Se siembra con fidelidad; Dios da el crecimiento. Ese principio libera al creyente de la presión de producir resultados y lo llama a ser fiel en el proceso. Hay actos de obediencia cuyos frutos no se verán de inmediato. Hay inversiones en la vida de otros que maduran años después y hay oraciones que se cosechan en estaciones que no planeamos.

Sigue sembrando, aunque aún no veas la cosecha.

La Biblia dice en 1 Corintios 3:7: “Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento”. (RV1960).

Las raíces no se aplauden

Nadie fotografía las raíces. Los reconocimientos van a las flores, los frutos, las ramas visibles. Pero todo lo visible depende de lo invisible. Los sequoias gigantes de California, los más altos del mundo, no se sostienen solos: sus raíces se entrelazan con las de otros árboles a metros de profundidad. Lo que nadie ve, sostiene lo que todos admiran.

Dios forma en lo oculto lo que se sostendrá en lo público. La paciencia construida en la espera, la confianza afirmada cuando nadie aplaude, el carácter formado en la obediencia silenciosa: eso son raíces. Pablo describió este proceso como tribulación que produce paciencia, paciencia que produce carácter, carácter que produce esperanza.

Si estás en una etapa donde nadie ve lo que Dios está haciendo en ti, no lo menosprecies. Lo que Dios afirma en lo profundo, sostiene lo que vendrá después.

La Biblia dice en Romanos 5:3-4: “También nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza”. (RV1960).

El ritmo de Dios

Los glaciares tallan montañas en milenios. Los árboles centenarios crecen milímetros por año. Los procesos más duraderos en la naturaleza son los más lentos. La profundidad no se produce con prisa.

El Señor Jesús nunca corrió. Caminó por ciudades, se detuvo ante personas específicas, durmió durante tormentas. Su ritmo no era lentitud; era soberanía. Tenía una conciencia clara de que el tiempo le pertenecía al Padre. Sus tiempos no son tardanza; son precisión. Lo que llega en Su momento, llega bien.

Resiste la urgencia de forzar lo que Dios está madurando. Lo que Él forma con calma, lo sostiene con firmeza.

La Biblia dice en Eclesiastés 3:11: “Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin”. (RV1960).

Lo que no se ve todavía

Antes de que Galileo apuntara su telescopio al cielo en 1610, las lunas de Júpiter existían. Nadie las veía, pero estaban ahí. La realidad no depende de nuestra capacidad de percibirla.

Hay obras de Dios que aún no alcanzan a verse, pero eso no las hace menos reales. La fe bíblica no es creer en lo que ya se ve; es confiar en quien controla lo que todavía no aparece. El corazón que exige evidencia antes de confiar no camina por fe; hace cálculos. La fe genuina descansa en el carácter de Dios, no en la evidencia inmediata.

Confía hoy en lo que aún no puedes ver. Dios ya lo sostiene.

La Biblia dice en Hebreos 11:1: “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”. (RV1960).

Cuando el proceso duele

Los médicos llaman “dolor de crecimiento” a las molestias que experimentan los niños cuando sus huesos se alargan con rapidez. El cuerpo crece, y ese crecimiento puede doler. No es señal de que algo esté mal; es evidencia de que algo está ocurriendo.

El alma también atraviesa etapas así. Hay temporadas donde Dios está formando algo real, pero el proceso no es cómodo. Santiago no llamó a esas pruebas una maldición; las llamó la oportunidad para que la fe se perfeccione. El dolor del proceso no es señal de la ausencia de Dios; muchas veces es señal de Su cercanía.

Así que, no huyas de lo que Dios está usando para formarte. Permite que complete lo que comenzó, aunque el camino no sea suave.

La Biblia dice en Santiago 1:4: “Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna”. (RV1960).

Raíces antes que ramas

Cuando un árbol joven se planta en tierra fértil, los primeros años de crecimiento ocurren principalmente bajo la superficie. Las raíces se extienden antes de que las ramas se eleven. El agricultor ve poco al principio, pero el árbol está construyendo lo que lo sostendrá después.

Dios forma el carácter antes de la plataforma. Forma la fidelidad antes de la visibilidad. El Señor Jesús pasó treinta años en Nazaret antes de tres de ministerio público. Ese tiempo no fue desperdicio; fue fundamento. Lo que Dios construye despacio, sostiene a largo plazo.

Si sientes que Dios te ha tenido en preparación, no lo interpretes como abandono. Las raíces profundas no se forman en la velocidad, sino en la constancia.

La Biblia dice en Jeremías 17:8: “Será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto”. (RV1960).