En 1994, el genocidio de Ruanda mató a más de ochocienta mil personas en cien días. Immaculée Ilibagiza sobrevivió escondida junto a otras siete mujeres en un baño diminuto durante noventa y un días. Al salir, pidió ser llevada ante el hombre que había masacrado a su familia. Eligió perdonarlo. Describió después que esa decisión no fue por él, fue para liberarse ella misma. El odio retenido habría terminado destruyéndola por dentro.
El perdón bíblico no minimiza el daño ni exige olvidar lo ocurrido. Es la decisión de soltar el derecho a la venganza y entregarlo al único con autoridad para hacer justicia perfecta. El Señor Jesús perdonó desde la cruz a quienes lo clavaron en ella. No porque el daño fuera pequeño, sino porque el amor era mayor.
Por lo tanto, perdonar no absuelve al que te hirió. Te libera a ti. La Biblia dice en Efesios 4:32: “Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo”. (RV1960).