En ecología existe el “banco de semillas”. El suelo conserva semillas viables durante años, incluso décadas, en estado de latencia. Un incendio forestal, paradójicamente, activa muchas de ellas al limpiar la superficie y dejar entrar luz. Es decir, lo que parecía destrucción, se convierte en la condición ideal para el florecimiento.
De la misma manera, Dios ha plantado en el alma cosas que las circunstancias adversas no pudieron eliminar. Por ejemplo, promesas que sobrevivieron al invierno, la fe que persistió bajo la presión y la esperanza que no cedió ante la evidencia contraria. Por eso, no concluyas que lo que Dios sembró en ti murió porque atravesaste una temporada difícil. Las condiciones cambian. Lo que Dios planta tiene una resistencia que no proviene del esfuerzo humano.
La temporada difícil puede ser exactamente lo que activa lo que Dios preservó. La Biblia dice en Isaías 40:8: “Sécase la hierba, marchítase la flor; más la palabra del Dios nuestro permanece para siempre”. (RV1960).