Lo que sobra en las manos de Dios

En abril de 1970, la misión Apolo 13 sufrió una explosión en el tanque de oxígeno a más de trescientos mil kilómetros de la Tierra. Con recursos para tres días, una nave dañada y tres astronautas en peligro, los ingenieros de Houston diseñaron con lo que había a bordo un filtro de dióxido de carbono improvisado usando material de dos módulos diferentes. Lo poco que había, combinado correctamente, salvó tres vidas.

De la misma manera, un niño entregó cinco panes y dos peces. El Señor Jesús los tomó, los bendijo y alimentó a cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños. Al terminar, sobraron doce canastas. La lógica humana descartó lo que había como insuficiente. Es así como la matemática de Dios opera con categorías distintas. Él no necesita abundancia para multiplicar; solo necesita disposición para recibir.

Por lo tanto, no esperes tener más para ofrecerlo. Entrega lo que hay. Él sabe qué hacer con lo poco.

La Biblia dice en Juan 6:9: “Aquí está un muchacho, que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos; mas ¿qué es esto para tantos?” (RV1960).

El día del Padre y el legado que se deja viviendo

Hoy celebramos el Día del Padre. Albert Schweitzer era un músico y teólogo de reconocimiento europeo cuando decidió, a los treinta años, estudiar medicina para después ir a servir como médico en Gabón, África. Vivió allí décadas. Cuando le preguntaron si había sacrificado su vida, respondió que no había sacrificado nada. Al contrario, había encontrado algo más grande que cualquier carrera. Eligió el legado sobre la comodidad.

Los padres dejan huellas que con frecuencia no eligieron conscientemente. Por ejemplo, una decisión ética que los hijos observaron en silencio. Un modelo de fe practicada en lo rutinario. Por lo tanto, los hijos aprenden más de lo que observan que de lo que escuchan en palabras. El Señor Jesús describió al Padre celestial como quien hace salir el sol sobre justos e injustos quien es constante, generoso y está presente sin condiciones.

Padre, el legado más poderoso que dejarás no está en lo que provees, sino en cómo vives delante de los tuyos.

La Biblia dice en Salmos 103:13: “Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen”. (RV1960).

El padre que equipa para el desafío

Nick Vujicic nació sin brazos ni piernas. Sus padres, en lugar de ocultar su condición o sobreprotegerlo, decidieron enseñarle que cada limitación visible podía volverse plataforma. Su padre lo introdujo al agua cuando era niño para que aprendiera a nadar. Era aterrador, pero era necesario. Hoy Nick habla frente a millones de personas en decenas de países.

Por lo tanto, la paternidad fiel no es la que protege a los hijos de todo desafío; es la que los equipa para enfrentarlo. El Señor Jesús, describiendo al Padre celestial, preguntó: ¿quién de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? De modo que, el amor paterno genuino provee lo que el hijo necesita, no siempre lo que pide. A veces, lo que el hijo necesita es el desafío que forma lo que el confort no puede construir.

Honrar a un padre significa reconocer lo que construyó en ti, incluso lo que costó. La Biblia dice en 1 Pedro 5:10: “Mas el Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo, después que hayáis padecido un poco de tiempo, él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca”. (RV1960).

Llamados a ir

William Carey llegó a la India en 1793 y vivió allí cuarenta y un años sin regresar a Inglaterra. No era un hombre de recursos extraordinarios: era zapatero de oficio. Aprendió bengalí, sánscrito y otras lenguas. Además, tradujo la Biblia y estableció la primera imprenta moderna en la India. Lo que lo movilizó fue una convicción simple: “el mundo no podía escuchar si nadie iba a hablar”.

Antes de la ascensión, el Señor Jesús no dejó a Sus discípulos con una institución, ni con un edificio; les dejó una misión. Recibirán poder y serían Sus mis testigos. El poder no era el fin; era el medio para el testimonio. Por eso, la iglesia no existe para acumular congregación; existe para multiplicar alcance. 

Cada creyente es enviado a algún lugar con una influencia que nadie más tiene exactamente igual. Por lo tanto, ¿a quién te envió Dios hoy? La misión siempre empieza donde estás.

La Biblia dice en Hechos 1:8: “Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra”. (RV1960).

La recompensa que no se ve

Marie Curie fue la primera persona en ganar dos Premios Nobel en disciplinas distintas. Donó todos sus premios económicos y sus medallas a la ciencia y a Polonia. Murió en 1934 con pocos bienes materiales. Sus cuadernos de laboratorio siguen siendo tan radiactivos que se conservan en cajas de plomo y quien desee consultarlos debe firmar una exoneración de responsabilidad. El legado de lo que buscó sobrevive a todo lo que renunció.

El Señor Jesús enseñó a dar sin buscar reconocimiento humano, con una promesa concreta: “el Padre que ve en lo secreto recompensará en público”. Esta no es una promesa de retribución automática; es una afirmación sobre quién lleva los registros reales. La reputación ante los hombres es frágil y revisable. Lo que Dios registra es permanente.

Por lo tanto, no calcules el valor de lo que haces por el aplauso que recibes. Dios lleva la cuenta correcta.

La Biblia dice en Mateo 6:4: “Para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público”. (RV1960).

Caminar sin ver la orilla

El 4 de julio de 1952, Florence Chadwick intentó cruzar a nado los treinta y tres kilómetros del Canal de Catalina, en California. Llevaba quince horas en el agua cuando una niebla espesa le impidió ver la costa. Pidió que la sacaran. Estaba a menos de un kilómetro de la orilla. Le dijo a los periodistas: “Si hubiera podido ver la tierra, creo que lo habría logrado”. Dos meses después lo intentó de nuevo, con la misma niebla. Esta vez guardó mentalmente la imagen de la orilla y no paró y llegó.

La fe camina sin ver el final. No porque el final no exista, sino porque la visibilidad total no es la condición para la obediencia. El Señor Jesús llamó a Sus discípulos a caminar por fe, no por vista. La niebla no cambia la orilla; solo cambia lo que se puede ver desde el agua. La promesa permanece aunque las circunstancias la oscurezcan. 

Por eso, sigue nadando. La orilla está más cerca de lo que la niebla te deja ver. La Biblia dice en 2 Corintios 5:7: “(porque por fe andamos, no por vista)”. (RV1960).

Trabajo que vale la pena

Entre 1904 y 1914, miles de trabajadores construyeron el Canal de Panamá en medio de epidemias de malaria y fiebre amarilla, derrumbes y un terreno que parecía resistirse a cada avance. Cuando el 15 de agosto de 1914 el vapor Ancón realizó el primer tránsito oficial por los ochenta kilómetros que conectan dos océanos, el esfuerzo acumulado de una década se hizo visible de golpe. Lo que resistió cada desafío transformó el comercio global para siempre.

Pablo llamó a trabajar abundantemente en la obra del Señor, con una promesa específica de que ese trabajo no es en vano. Por lo tanto, no todo esfuerzo humano tiene garantía de resultado visible en esta vida, pero el trabajo hecho en obediencia a Dios tiene un peso eterno que trasciende lo que los ojos pueden medir ahora.

Por lo tanto, lo que haces fielmente hoy tiene un valor que no siempre se mide en esta vida. Sigue trabajando.

La Biblia dice en 1 Corintios 15:58: “Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano”. (RV1960).

Todo lo puedo, pero no solo


El 3 de julio de 1953, el alpinista austriaco Hermann Buhl coronó el Nanga Parbat en solitario y sin oxígeno suplementario, convirtiéndose en el primero en alcanzar esa cima. Regresó cuarenta y un horas después, con los pies congelados y habiendo sobrevivido de milagro una noche de pie sobre una roca a más de ocho mil metros. La hazaña fue real, pero el costo también lo fue.

Pablo escribió la frase que con más frecuencia se cita fuera de contexto: “todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. Pero el capítulo entero habla de contentamiento en la escasez. No es un mantra de autosuficiencia; es una declaración de dependencia radical. Puedo atravesar cualquier circunstancia porque hay Alguien que me sostiene desde adentro. La diferencia no está en la fuerza propia; está en la fuente.

Así que, no se trata de cuánto puedes tú. Se trata de quién vive en ti. La Biblia dice en Filipenses 4:13: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. (RV1960).

Perdonar no es olvidar

En 1994, el genocidio de Ruanda mató a más de ochocienta mil personas en cien días. Immaculée Ilibagiza sobrevivió escondida junto a otras siete mujeres en un baño diminuto durante noventa y un días. Al salir, pidió ser llevada ante el hombre que había masacrado a su familia. Eligió perdonarlo. Describió después que esa decisión no fue por él, fue para liberarse ella misma. El odio retenido habría terminado destruyéndola por dentro.

El perdón bíblico no minimiza el daño ni exige olvidar lo ocurrido. Es la decisión de soltar el derecho a la venganza y entregarlo al único con autoridad para hacer justicia perfecta. El Señor Jesús perdonó desde la cruz a quienes lo clavaron en ella. No porque el daño fuera pequeño, sino porque el amor era mayor.

Por lo tanto, perdonar no absuelve al que te hirió. Te libera a ti. La Biblia dice en Efesios 4:32: “Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo”. (RV1960).

Fe que mueve lo imposible

El 31 de octubre de 1517, Martín Lutero fijó sus noventa y cinco tesis en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg. Era un monje teólogo en una ciudad universitaria menor, sin acceso a medios de comunicación masivos. En semanas, las tesis circulaban por toda Europa gracias a la imprenta de Gutenberg. Un acto de obediencia en lo ordinario detonó la Reforma Protestante y transformó la historia del cristianismo occidental.

El Señor Jesús describió la fe como una semilla de mostaza capaz de mover montañas. No por la magnitud de quien cree, sino por el tamaño del Dios en quien se deposita esa fe. Así que, la fe genuina no calcula si el resultado es alcanzable antes de actuar; actúa sobre la Palabra y deja el resultado en manos de Dios. Lo imposible para el hombre sigue siendo posible para Él.

No necesitas más fe; necesitas aplicar la que tienes al Dios que no tiene límites.

La Biblia dice en Mateo 17:20: “Porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible”. (RV1960).