Las plantas sin raíces profundas se marchitan cuando el calor llega. Las que sí las tienen, resisten. En la región del Neguev, en Israel, los botánicos han documentado especies que sobreviven con menos de cien milímetros de lluvia al año. No lo logran absorbiendo agua superficial. Al contrario, extienden sus raíces varios metros bajo tierra para alcanzar la humedad que nadie ve desde arriba. Cuando el calor aprieta desde la superficie, la vida se sostiene desde abajo.
Es así como las temporadas de presión revelan exactamente dónde están ancladas las raíces espirituales. Si la fe está apoyada en emociones favorables, en circunstancias controladas o en resultados visibles, el calor la marchitará. Pero si está anclada en la Palabra viva y en la presencia constante de Dios, el alma resistirá sin secarse.
Por eso, no temas el calor de esta temporada. No es señal de abandono; puede ser la invitación a ir más profundo. Dios trabaja en las raíces antes que en las ramas. Lo que Él forma en lo profundo sostendrá lo que se verá después en la superficie.
La Biblia dice en Salmos 1:3: “Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae”. (RV1960).