En 1889, el industrial Andrew Carnegie, uno de los hombres más ricos del siglo XIX, publicó un ensayo que tituló: “El evangelio de la riqueza”, en el que argumentó que quienes acumulan recursos tienen la responsabilidad moral de usarlos para el bien común en vida, no solo en herencia. Él donó más de 350 millones de dólares a bibliotecas, universidades y centros culturales en todo el mundo. En sus propias palabras dijo: “El hombre que muere rico, muere deshonrado”. Él reconoció algo que la Biblia enseña desde mucho antes: “retener lo acumulado produce corrupción interior”.
La generosidad no es solo ética social; es formación espiritual profunda. Cuando damos, el corazón se desapega de lo material y recuerda que todo proviene de Dios. Así que, la generosidad quiebra la ilusión de autosuficiencia y nos devuelve al lugar correcto. Es decir, el de quien recibe todo por gracia y puede compartir algo con libertad. Por lo tanto, da algo hoy que cueste un poco de verdad. No importa el tamaño del gesto; importa la intención de quien lo entrega. La generosidad que nace de la fe produce en el corazón del que da más de lo que imagina. La Biblia dice en Proverbios 11:24: “Hay quienes reparten, y les es añadido más; y hay quienes retienen más de lo que es justo, pero vienen a pobreza”. (RV1960).