Entre 1880 y 1930, millones de personas cruzaron el Atlántico hacia América Latina huyendo de guerras, hambre y falta de tierra en Europa. Llegaron a Argentina, a Brasil, a Chile, sin hablar bien el idioma, sin garantías de nada, cargando apenas lo que cabía en un baúl. Muchas familias hispanoamericanas de hoy existen porque un bisabuelo decidió subirse a un barco sin saber qué encontraría del otro lado.
Nadie migra por capricho. Se migra porque quedarse ya no es una opción real, y porque alguien decide, contra toda comodidad, que sus hijos merecen un futuro que la tierra de origen ya no puede ofrecerles. Esa decisión, incierta y casi siempre solitaria, es la raíz invisible de millones de vidas que hoy dan por sentado el lugar donde nacieron.
Abraham hizo lo mismo mucho antes: salió sin saber a dónde iba, confiando en una promesa que no vería cumplida en su propia vida, sino en la de sus descendientes.
La próxima vez que te sientas extranjero en algún lugar, recuerda que alguien en tu propia historia ya cruzó ese mismo mar por ti.
La Biblia dice en Hebreos 11:13: “Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra”. (RV1960).