Entre la cruz y la resurrección hubo un día que no parecía prometer nada. No hubo anuncios, no hubo victoria visible, no hubo respuestas inmediatas. Solo quedó el silencio. Sin embargo, ese silencio no significó ausencia de Dios.
El sábado dejó a los discípulos en un espacio incómodo: entre el dolor reciente y una esperanza que todavía no entendían. Esa experiencia también nos resulta familiar. Hay momentos en los que la vida parece suspendida entre lo que se perdió y lo que aún no aparece. No sabemos qué hacer con ese espacio, porque el corazón quiere explicaciones rápidas. Pero, Dios no deja de obrar solo porque todo parezca quieto.
Esperar en el silencio también es parte de la fe. Allí se purifican las expectativas, se profundiza la confianza y el alma aprende a descansar sin tener todas las respuestas. Lo que parece vacío muchas veces está lleno de la actividad invisible de Dios.
De modo que no desprecies los días silenciosos. Aun allí, el Señor sigue preparando lo que todavía no alcanzas a ver. La Biblia dice en Salmos 27:14: “Aguarda a Jehová; esfuérzate, y aliéntese tu corazón…”. (RV1960).