Antes del amanecer del 16 de septiembre de 1810, el cura Miguel Hidalgo hizo sonar las campanas de su iglesia en Dolores. No convocaba a misa; convocaba a levantarse contra un gobierno que llevaba trescientos años gobernando desde el otro lado del océano. No tenía ejército ni garantía de que alguien respondería.
Respondieron miles, con machetes y palos, con lo que tuvieran a la mano, porque ese grito de madrugada tocó una fibra que llevaba generaciones esperando ser tocada. Hidalgo no vivió para ver el final de la guerra que desató esa noche; fue capturado y fusilado meses después. Pero el grito ya había hecho su trabajo: no se puede desdecir a un pueblo que decidió despertar.
Hay llamados de Dios que funcionan igual: sin garantías, sin un plan detallado de cómo terminará todo. A veces solo hay una campana sonando en la oscuridad y una decisión que tomar: quedarse dormido o salir a ver qué pasa. Isaías profetizó a alguien enviado a proclamar libertad a cautivos que todavía no sabían que venía en camino.
Este es buen día para preguntarte qué campana suena en tu vida ahora mismo, y si estás dispuesto a levantarte cuando suena.
La Biblia dice en Isaías 61:1: “A publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel”. (RV1960).