Diez segundos de silencio hicieron llorar a una sala llena de estrellas. En 1997, Fred Rogers recibió un premio Emmy por toda su carrera. Era pastor presbiteriano y había usado la televisión para hablarles a los niños con ternura. Frente a los grandes del medio, pidió que pensaran en las personas que los habían ayudado a ser quienes eran.
Miró su reloj y esperó. Nadie se movió. Muchos terminaron llorando, porque nadie llega a ninguna parte por mérito propio.
Hoy haz el mismo ejercicio. Cierra los ojos diez segundos y deja que aparezca un rostro. Esa persona quizá nunca supo cuánto significó para ti. Escríbele unas líneas antes de que termine el día. Un gracias a tiempo vale más que un homenaje tardío. Quizá fue un maestro, una abuela o un amigo de la infancia. Ese pequeño gesto puede ser el mejor regalo de su semana.
La Biblia dice en Filipenses 1:3: “Doy gracias a mi Dios siempre que me acuerdo de vosotros”. (RV1960).