El perdón no surge de manera espontánea; es una decisión profundamente espiritual. Amar implica enfrentar ofensas, decepciones y heridas. Cuando el perdón se posterga, el amor se estanca y el corazón se endurece. Perdonar no borra lo ocurrido, pero libera el alma.
En 1974, tras el escándalo Watergate, el presidente Gerald Ford decidió perdonar públicamente a Richard Nixon. Aquella decisión fue incomprendida por muchos, pero mostró que el perdón tiene un costo real y un poder restaurador. De modo que, perdonar no siempre es aplaudido, pero siempre es sanador.
Tal vez guardas heridas que han comenzado a definir tu manera de amar. Llevarlas a Dios es un paso necesario. Perdonar no justifica el daño; rompe su dominio. Por eso, permite que la gracia de Dios sane lo que el recuerdo aún duele.
Así que, ama perdonando, porque el amor que libera sana profundamente. La Biblia dice en Colosenses 3:13: “De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros”. (RV1960).