En 1987, Centroamérica llevaba años destrozándose en guerras civiles: Nicaragua, El Salvador y Guatemala sangraban por conflictos que parecían no tener salida. El presidente de Costa Rica, Óscar Arias, propuso algo que sonaba casi ingenuo en medio de tanta violencia: sentar a los cinco presidentes de la región en una misma mesa y hacerlos firmar un compromiso de paz.
Lo lograron. El 7 de agosto de 1987, en la ciudad guatemalteca de Esquipulas, los presidentes de Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica firmaron el acuerdo que llevaría el nombre de Arias. No resolvió todo de inmediato, pero marcó el principio del fin de guerras que llevaban años consumiendo la región. Ese mismo año, Arias recibió el Premio Nobel de la Paz.
Costa Rica llegó a esa mesa con una ventaja que pocos recordaban. Había abolido su propio ejército casi cuarenta años antes. No negociaba la paz desde la fuerza, sino desde la convicción de que ya la había elegido primero para sí misma.
El Señor Jesús llamó bienaventurados a los que hacen la paz, no a los que solamente la desean. Hacerla cuesta, casi siempre, sentarse con quien parece imposible sentarse.
La Biblia dice en Romanos 12:18: “Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres”. (RV1960).