El huracán Mitch devastó Honduras en 1998, arrasando bosques enteros y dejando el terreno vulnerable a nuevos deslizamientos. La tragedia sembró una conciencia ambiental que, con el paso de los años, impulsó programas nacionales de reforestación, convirtiendo una pérdida devastadora en el origen de una restauración que continúa hasta hoy.
Dios trabaja de manera semejante después de una devastación personal: no solo repara lo perdido, fortalece el terreno para lo que vendrá. El Señor Jesús prometió dar belleza en lugar de ceniza a quienes atraviesan luto profundo, transformando la pérdida en un terreno más firme que el anterior.
Quizá sientes que algo en tu vida quedó completamente arrasado tras una pérdida reciente. La restauración de Dios rara vez es instantánea, pero siempre es intencional y considerablemente más profunda que la simple reconstrucción superficial que el ojo humano alcanza a percibir.
Dios restaura el terreno, no solo el paisaje.
La Biblia dice en Isaías 25:4: “Porque has sido fortaleza al pobre, fortaleza al menesteroso en su aflicción, refugio contra el turbión, sombra contra el calor”. (RV1960).