En 1952, Florence Chadwick intentó nadar desde la isla Catalina hasta la costa de California. Después de quince horas en el agua fría y cubierta por una densa niebla, abandonó la travesía. Solo cuando subió al bote descubrió que la costa estaba a menos de un kilómetro.
Tiempo después explicó lo ocurrido con una frase memorable: “No fue el cansancio lo que me venció, fue no poder ver la meta”. Algo similar ocurre en la vida espiritual. La perseverancia se vuelve más difícil cuando la dirección parece borrosa. Sin embargo, Dios ve el camino completo aun cuando nosotros apenas distinguimos el siguiente paso.
El Señor Jesús animó a Sus discípulos a permanecer firmes porque sabía que la constancia produce frutos que no siempre se perciben de inmediato. Es decir, cuando el corazón decide continuar confiando, la fe madura y se fortalece.
Por eso, sigue avanzando aunque el panorama no sea completamente claro. La meta puede estar más cerca de lo que imaginas. La Biblia dice en Gálatas 6:9: “No nos cansemos, pues, de hacer bien…”. (RV1960).