El Perdón Individual 

Si no nos hemos perdonado a nosotros mismos, ¿cómo podemos perdonar a los demás? El perdón propio es fundamental, incluso más importante que buscar el perdón de los demás. ¿Alguna vez has buscado el perdón de Dios por tus pecados y aun así te has sentido culpable? A menudo caemos en un ciclo de autocastigo, repitiendo nuestros errores hasta sentirnos indignos no solo del perdón, sino también de las bendiciones, de las respuestas a la oraciones y del amor del Padre celestial.

Según la Biblia, nuestro Padre celestial nos perdona mediante el sacrificio de Su Hijo borrando nuestros pecados “tan lejos como está el oriente del occidente” (Salmo 103:12). Por lo tanto, negarnos a perdonarnos a nosotros mismos es dudar de la eficacia del sacrificio de Cristo. Por eso, para liberarnos de un espíritu no perdonador, debemos reconocer que esto surge del egoísmo, porque en lugar de confiar en el perdón de Dios, confiamos en nuestros propios sentimientos. 
Hoy es un tiempo para humillarnos y confiar en Dios y no en nuestras emociones. La Biblia dice en 1 Juan 1:9, “Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad” (NVI).

Albergando Resentimiento 

La frase “véngate de personas que te hirieron en el pasado”, no mejorará en absoluto tu futuro. Al contrario, resalta la importancia del perdón. Este es un concepto ejemplificado de manera poderosa en la historia de José en el libro de Génesis quien a pesar de sufrir numerosos maltratos, optó por perdonar en lugar de aferrarse al resentimiento. Esta actitud perdonadora es una lección invaluable para todos nosotros.

Negarnos a perdonar puede acarrear consecuencias dolorosas, como dificultades para lidiar con el daño recibido y permitir que el resentimiento y la amargura se arraiguen en nuestro ser. Esto afecta negativamente nuestras relaciones, emociones y hasta nuestra salud física. Los sentimientos de desasosiego nos privan del gozo y del contentamiento. Además, pueden dañar nuestra salud emocional y espiritual.

En resumen, el resentimiento puede tener efectos devastadores en todas las áreas de nuestra vida. Por lo tanto, es crucial decirle “no” al resentimiento y optar por el perdón para liberarnos del peso del pasado y para construir un futuro más saludable y lleno de paz. La Biblia dice en Efesios 4:31, “Abandonen toda amargura, ira y enojo, gritos y calumnias, y toda forma de malicia” (NVI).

Placer Pasajero

Todos experimentamos placeres momentáneos en la vida, desde disfrutar un exquisito postre hasta participar en deportes extremos. Sin embargo, no todos los placeres son iguales. Algunos son beneficiosos, mientras que otros son perjudiciales. Algunas personas buscan estos placeres a expensas de su salud o sus relaciones familiares y laborales. Por ejemplo, aquellos que se involucran en relaciones extramatrimoniales o abusan de sustancias adictivas.

Los placeres desordenados surgen frecuentemente de una falta de comunión con Dios. Las decisiones que tomamos hoy pueden privarnos de las bendiciones que Dios tiene para nosotros. Cuando cedemos a la tentación, sacrificamos nuestro futuro por un placer momentáneo. No podemos permitir que nuestras decisiones se basen únicamente en deseos o sentimientos inmediatos, ya que el principio de sembrar y cosechar puede revertirse (Gálatas 6:7). Entonces, ¿Qué estamos sembrando? Porque la cosecha vendrá y en ese momento cosecharemos más de lo que sembramos.
Por lo tanto, es importante ser cauteloso con los placeres momentáneos. De modo que una persona sabia considera las consecuencias negativas futuras al tomar decisiones en el presente. La Biblia dice en 1 de Corintios 10:13, “13 Ustedes no han sufrido ninguna tentación que no sea común al género humano. Pero Dios es fiel, y no permitirá que ustedes sean tentados más allá de lo que puedan aguantar. Más bien, cuando llegue la tentación, él les dará también una salida a fin de que puedan resistir” (NTV).

Rechazando lo mejor

“Con frecuencia, renunciamos a lo mejor por aferrarnos a lo bueno”, un comportamiento arraigado en nuestra naturaleza humana. Este patrón se remonta al huerto del Edén, donde Eva cedió a la tentación de Satanás para determinar su propio camino en lugar de confiar en Dios. Desde entonces, hemos sido propensos a seguir nuestros propios deseos, guiados por intereses egoístas. 

Este enfoque egocéntrico se basa en tres conceptos equivocados. Primero, subestimamos quién es Dios: el creador supremo y soberano redentor que nos libera del pecado a través de la sangre de Su Hijo. Nosotros, como sus siervos, debemos servirle con amor y gratitud. Segundo, ignoramos nuestro propósito: fuimos creados para adorar y servir a Dios, glorificándolo con nuestras vidas. Tercero, no comprendemos el propósito divino en el mundo: Dios está construyendo Su reino y nos ha comisionado para participar en Su obra, sirviendo a otros y proclamando el evangelio.
Rechazar el servicio a Dios equivale a perder una vida llena de bendiciones y significado. Seguir nuestro camino egoísta solo nos lleva a pérdidas mayores y una existencia vacía de propósito. La Biblia dice en el Salmo 37:23, “El Señor afirma los pasos del hombre cuando le agrada su modo de vivir” (NVI).

La Unicidad

En mis días de seminarista, solíamos entonar un canto especial en los cumpleaños que resonaba con estas palabras: “Sabías que eres especial, sabías que tienes un lugar allá en el cielo. No hay nadie como tú, tan especial, con tus defectos y cualidades, como tú no hay”. Aunque pueda parecer un tanto infantil, este canto nos transmitía una poderosa verdad sobre la singularidad con la que Dios nos creó y Su propósito para cada uno de nosotros.

La expresión “defectos y cualidades” que usábamos insinuaba que la persona tenía más cualidades que defectos. Esta canción, en su simplicidad, nos recordaba la profunda verdad de nuestra unicidad ante los ojos de Dios y Su plan personalizado para nosotros.
Dios, en Su inmensurable bondad, nos diseñó a cada uno de manera exclusiva y particular. Esta singularidad nos hace especiales y valiosos, como las piezas de arte únicas que tienen un valor incalculable. En cierto sentido, somos las creaciones más preciadas de Dios, concebidas con un propósito único y una meta final. Representamos la culminación suprema de Su amor y creatividad. Entonces, cada vez que te sientas desanimado o te encuentres comparándote con los demás, recuerda esto: “Eres único para un propósito único que nadie más puede cumplir por ti”. Permitámonos abrazar nuestra singularidad y vivir cada día con la certeza de que somos amados y diseñados por el Creador del universo. La Biblia dice en el Salmo 139:13-14, 13 Tú creaste mis entrañas; me formaste en el vientre de mi madre. 14 ¡Te alabo porque soy una creación admirable! ¡Tus obras son maravillosas, y esto lo sé muy bien!”, (NTV).

Se Cumplirá

Cuenta la historia que Guillermo, príncipe de Orange, ofreció a un caballero honorable un alto cargo en su reino, basándose únicamente en su palabra. El caballero, fiel a sus convicciones, rechazó el documento, declarando: “La palabra de su majestad es suficiente para mí. No deseo servir a un rey en cuya palabra no pueda confiar”.

Esta actitud hacia Dios y Su Palabra debería ser también la nuestra. A menudo buscamos pruebas tangibles de que el Señor cumplirá Sus promesas, olvidando que Su palabra es suficiente. Cuando Dios promete algo, podemos confiar en que lo cumplirá, sin necesidad de cuestionar Su voluntad o Su tiempo.

Nuestra impaciencia a veces nos lleva a pensar que Dios nos ha olvidado, que no nos escucha o que no cumple Sus promesas. Sin embargo, Sus tiempos son perfectos y Sus planes son más altos que los nuestros. Aunque no siempre entendamos Su forma de obrar, Su sabiduría y amor son infinitos.

Por lo tanto, ¿quiénes somos nosotros para cuestionar la Palabra de Dios? Podemos estar seguros de que Él siempre cumplirá lo que ha prometido. La Biblia dice en Números 23:19, “Dios no es un hombre, por lo tanto, no miente. Él no es humano, por lo tanto, no cambia de parecer. ¿Acaso alguna vez habló sin actuar? ¿Alguna vez prometió sin cumplir?, (NTV).

Sin Respiración

¿Has sentido alguna vez que te quedas sin aliento, sin poder respirar correctamente? Es una experiencia común después de un esfuerzo físico intenso, como correr o escalar. Sin embargo, la falta de aliento puede ser más que un simple síntoma de fatiga. Puede indicar problemas de salud subyacentes, como una condición cardíaca o de sobrepeso.

De manera similar, podemos experimentar una falta de aliento espiritual. Esta falta de aliento espiritual puede ser un reflejo de nuestra salud espiritual. Cuando descuidamos las disciplinas espirituales como la oración, la lectura de la Palabra, la meditación y el ayuno, nuestra vitalidad espiritual puede disminuir gradualmente.
En un mundo que a menudo nos deja sin aliento con sus demandas y desafíos, es crucial fortalecer nuestra condición espiritual. Te invito a que ingreses al “gimnasio espiritual” y desarrolles las disciplinas espirituales diarias, progresivas y consistentes. Al hacerlo, fortalecerás tu fe y estarás mejor preparado(a) para enfrentar las dificultades de la vida sin perder tu aliento espiritual. La Biblia dice en Job 33:4, “El Espíritu de Dios me ha creado, y el aliento del Todopoderoso me da vida” (NTV).

Corriendo

Vivimos en una sociedad que vive a prisas. Vivimos en un mundo muy agitado corriendo de un lado hacia otro en un ritmo muy acelerado. Parece ser que estamos corriendo en el día a día, en medio de nuestros afanes, aciertos y desaciertos. Nuestra sociedad ha producido un mundo lleno de personas angustiadas, cargadas, estresadas, frustradas, que como resultado andan afanadas. ¿Eres una de estas personas? En cierta manera, todos somos culpables de esto. Vivimos de aquí para allá, llenos de compromisos que son innecesarios. Vivimos corriendo y corriendo tratando de cumplir con todo de la mejor manera posible. 

Un consejero conocido recomienda los siguientes consejos: Si te encuentras corriendo, lo primero que debes hacer es detenerte para tomar el tiempo para pensar y reflexionar en cómo puedes simplificar tu vida. Lo segundo es comenzar a desintoxicar tu calendario de las cosas que no son importantes. Él menciona que hay cosas que no son importantes y tienden a dañar las cosas que son preeminentes y preponderantes. Al quitar las cosas que no son importantes, le das lugar a las cosas que sí lo son. En tercer lugar, es necesario priorizar todo. Para ello, nuestras relaciones más cercanas deben tomar los primeros lugares. Son buenos consejos, ¿verdad?

Pídele sabiduría a Dios para distribuir bien tu tiempo, honrándole a Él al servirle a los demás. La Biblia dice en Filipenses 4:6, “6 Por nada estéis afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer vuestras peticiones delante de Dios” (LBLA).

Cuando Sientes Que Te Ahogas

“No todas las tormentas vienen para perturbar tu vida, algunas llegan para despejar tu camino. De vez en cuando es bueno dejar que los vendavales se lleven lo que nos hace mal”. La naturaleza nos lo enseña: Las tormentas hacen que los árboles tengan raíces más profundas. Sin lluvia, nada crecería. Así debemos aprender de las tormentas en nuestra vida.

Como dice el refrán: Después de la tormenta, llega la calma. Por muy larga que sea la tormenta, el sol siempre vuelve a brillar entre las nubes. De la misma manera que ningún mar en calma ha hecho de sus marineros todos unos expertos, nuestra vida nos hará más fuertes, más audaces y mucho más tolerantes al salir victoriosos de las tormentas más fuertes que podamos estar enfrentando.

Si sientes que te ahogas, recuerda que Cristo sabe calmar tormentas. Recuerda que la lluvia no solo moja, también suele pintar los cielos. De modo que, clama a aquel a quienes los mares y vientos le obedecen. La Biblia dice en Lucas 8:25, “Entonces les preguntó: ¿Dónde está su fe?». Los discípulos quedaron aterrados y asombrados. «¿Quién es este hombre? —se preguntaban unos a otros—. Cuando da una orden, ¡hasta el viento y las olas lo obedecen!”, (NTV)

Sin Pena y Sin Escrúpulos

La expresión “sin escrúpulos” resalta la falta de consideración por los demás, la imprudencia y la tendencia a actuar de manera egoísta. Las personas inescrupulosas pueden causarse daño a sí mismas y a quienes las rodean, ya que no tienen cuidado ni con sus acciones, ni con sus palabras.

Es cierto que el ser humano, por naturaleza, puede ser propenso al egoísmo y al pecado. Sin embargo, a través de una vida espiritual y de un compromiso con Dios, podemos encontrar la fuerza y la guía para superar nuestras debilidades y para vivir de una manera más consciente y considerada.
Depender de Dios y tenerle temor nos ayuda a mantenernos en el camino correcto y a actuar con integridad y respeto hacia los demás. Por lo tanto, al cultivar una relación con Dios, podemos encontrar el equilibrio necesario para vivir una vida plena y satisfactoria, sin caer en la imprudencia y el egoísmo que caracterizan a quienes actúan “sin escrúpulos”. Finalmente, el temor a Dios y una vida espiritual nos ayudan a evitar vivir y hablar sin escrúpulos, permitiéndonos vivir de acuerdo con nuestros valores y principios más elevados. La Biblia dice en Proverbios 1:7, “El principio de la sabiduría es el temor de Jehová; Los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza”, (RV 1960).