Enfrentando La Desesperación

Henry David T. escribió: “La mayoría de los hombres llevan una vida de silenciosa desesperación”. Todos conocemos ese sentimiento de estar al borde del abismo emocional, ocultando nuestra angustia tras una fachada de tranquilidad. Pero, como nos recordó Mahatma Gandhi, “la verdad y el amor siempre han ganado”, y esa esperanza es lo que nos ayuda a seguir adelante.

La desesperación surge de la espera prolongada y de la incertidumbre. Es ese sentimiento que amenaza con consumirnos cuando las cosas no salen como esperábamos o se demoran más de lo deseado. La espera puede llevarnos a la frustración y a decisiones precipitadas de las que luego nos arrepentimos. Pero cada momento de espera es una oportunidad para aprender algo valioso. Pregúntate: ¿qué me está enseñando Dios en este tiempo?
En lugar de rendirte a la desesperación, espera en el Señor. Él tiene un propósito incluso en los momentos de incertidumbre. La Biblia dice en Oseas 12:6, “Y tú, vuelve a tu Dios, practica la misericordia y la justicia, y espera siempre en tu Dios” (LBLA).

Corriendo sin freno

La vida moderna se mueve a un ritmo vertiginoso. Estamos constantemente corriendo de un lugar a otro, atrapados en un ciclo de un sin fin de tareas y responsabilidades. Este ritmo acelerado nos deja agotados, estresados y ansiosos, viviendo sin disfrutar el presente. Nos sobrecargamos con compromisos innecesarios, tratando de cumplir con todo y olvidando lo que es realmente importante.

Un consejero recomienda algunos pasos para desacelerar: primero, detente y reflexiona sobre cómo simplificar tu vida. Tómate el tiempo para pensar en lo que realmente importa y cómo puedes hacer espacio para ello. Segundo, elimina actividades que solo consumen tu tiempo y no te aportan valor. Finalmente, prioriza tus relaciones más significativas y asegúrate de darles el lugar que merecen. Simplificar tu vida te permitirá enfocarte en lo esencial.
Dios quiere que vivas sin ansiedad, confiando en Su provisión y paz. Ora y pide Su guía para equilibrar tu tiempo. La Biblia dice en Filipenses 4:6, “Por nada estéis afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer vuestras peticiones delante de Dios” (LBLA).

Vive lo verdadero

La palabra “literal” se usa para describir algo que es absolutamente cierto y real, sin exageraciones ni interpretaciones. Muchos jóvenes en América Latina la utilizan para subrayar la veracidad de sus afirmaciones. En la vida, hay cosas que son literales y otras que no lo son. Lo literal implica autenticidad y algo que no necesita justificación o aclaración.

Como creyentes, estamos llamados a vivir de manera auténtica y verdadera. Nuestro “sí” debe ser sí y nuestro “no” debe ser no. Debemos procurar que nuestras palabras tengan un valor real y sean respaldadas por nuestras acciones. Esto significa ser personas de integridad y coherencia, reflejando la verdad en todo lo que hacemos. Vivir literalmente la verdad significa amar sinceramente, reír sin reservas, servir con compromiso y compartir con generosidad.
Aunque fallamos en nuestro intento de ser auténticos, Dios siempre es veraz y fiel. Puedes confiar en Su palabra literalmente. La Biblia dice en 3 Juan 1:4, “No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad” (RV1960).

Cuando Te Fallan

¿Te han fallado alguna vez? Tal vez alguien se 

comprometió a estar ahí para ti, pero en el momento más crítico, no cumplió. Como dice una frase: “Conoces realmente a una persona por cómo te trata cuando te necesita y cómo lo hace cuando ya no le sirves”. La realidad es que todos, en algún momento, hemos sido decepcionados, y también hemos decepcionado a otros. 

Las promesas rotas y las expectativas no cumplidas son experiencias humanas universales. A pesar de que pongas tu mejor esfuerzo en ser confiable, es inevitable que a veces falles y que otros también te fallen.

Sin embargo, no dejes que la decepción te robe la capacidad de confiar y de esforzarte. Si alguien te ha fallado, no significa que debas cerrar tu corazón o dejar de hacer el bien. Dios te llama a vivir con integridad, a esforzarte siempre, y a servir con todo tu ser, a pesar de las decepciones. Mantente firme y dedicado, sabiendo que tu labor nunca es en vano.
A diferencia de las personas, Dios jamás te fallará. Su carácter es inquebrantable y Su fidelidad, eterna. Confía en Él siempre. La Biblia dice en Números 23:19, “Dios no es un hombre, por lo tanto, no miente. Él no es humano, por lo tanto, no cambia de parecer. ¿Acaso alguna vez habló sin actuar? ¿Alguna vez prometió sin cumplir?” (NTV).

Cambiando de Corazón

Alguien afirmó: “El sentido de la vida se encuentra en vivir con sentido”. Tristemente, muchas personas desconocen el propósito de su existencia; no saben de dónde vienen ni hacia dónde van. Todos nacimos con un propósito más allá de solo crecer, reproducirnos, trabajar, pagar cuentas y morir. Dios nos ha creado con un diseño especial y un propósito particular. Cuando entendemos esto, nuestra vida cobra valor, porque quien sabe quién es, entiende cuánto vale.

Nuestro propósito en la vida incluye crecer, servir, compartir y amar a los demás. Incluso la adversidad tiene un propósito. Si vivimos con intención, evitamos malgastar nuestros esfuerzos en lo trivial. Descubrir nuestro propósito es esencial a cualquier edad, ya que se convierte en una cura para muchos males.

Dios desea que descubras tu propósito. Tan importante es el día que naces como el día que descubres para qué has nacido. Esta respuesta está en nuestro diseño; nuestros dones y talentos revelan nuestra capacidad para servir a Dios y a los demás. Si no has encontrado tu propósito, sigue buscando. Si ya lo has encontrado, afírmalo. Y si lo estás viviendo, permanece firme.La Biblia dice en Jeremías 17:10: “Pero yo, el Señor, investigo todos los corazones y examino las intenciones secretas. A todos les doy la debida recompensa, según lo merecen sus acciones” (NTV).

Hablando Bien

¿Has conocido personas que sienten la necesidad de incluir una grosería en cada frase? Hablar de forma corrompida no proviene de lo alto. La boca y el corazón están conectados; como dice la Escritura: “De la abundancia del corazón habla la boca” (Mateo 12:34). 

Las palabras corruptas son como una fruta podrida (Mateo 7:17-18), sin valor y dañinas. No siempre son groserías, pero a veces negamos a Cristo con nuestras palabras, como Pedro cuando dijo: “No conozco a ese hombre” (Mateo 26:74). Otras veces, nuestras viejas actitudes resurgen y permitimos que de nuestra boca salgan palabras deshonestas.

Al venir a Cristo, nuestra manera de hablar debe cambiar. La boca del pecador puede estar llena de amargura, pero cuando alguien confía en Cristo, sus labios se abren para confesar que Jesús es el Señor y glorificar a Dios. Jesús transforma el corazón y, al hacerlo, transforma también nuestra forma de hablar. La clave está en llenar el corazón de bendición, conocer la Palabra de Dios y profesarla con poder.
El apóstol Pablo nos aconseja sazonar nuestras palabras con la gracia de Dios. Así, nuestras palabras reflejarán el cambio que Él ha hecho en nosotros. La Biblia dice en Colosenses 4:6,  “Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno”(RV1960).

Siendo Iracundos

¿Has conocido a alguien que se deje controlar por la ira? Aristóteles dijo: “Cualquiera puede enojarse, pero enojarse con la persona correcta, en la medida correcta, en el momento correcto, por la causa correcta y del modo correcto, no es fácil”. La ira es una reacción emocional a algo que nos molesta, y aunque no es pecado en sí misma —incluso Dios puede airarse justamente (Deut. 9:8)—, la Biblia compara la ira con el fuego, un fuego que puede propagarse y destruir si no es apagado por el perdón amoroso que proviene de Dios.

La ira latente se convierte en malicia; la ira descontrolada en furia. Es posible enojarse sin pecar, pero debemos resolver el asunto rápidamente, sin dejar que el sol se ponga sobre nuestro enojo. Tanto la mentira como la ira dan lugar al diablo. Horacio decía que “la ira es una locura momentánea”. Salomón, en su sabiduría, aconseja: “La blanda respuesta quita la ira; más la palabra áspera hace subir el furor” (Proverbios 15:1).
Por lo tanto, no practiques la ira, ya que de ella no sale nada bueno. En cambio, pídele a Dios que controle tus emociones. Te aseguro que Él te ayudará. La Biblia dice en Romanos 12:19, 19 No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor” (RV1960).

La Autenticidad

Muchos conocemos la frase: “No todo lo que brilla es oro”. Nos recuerda que no todo lo que parece valioso lo es realmente. Esta gran verdad nos invita a reflexionar sobre la autenticidad. Aunque algo se vea lindo y reluciente por fuera, eso no garantiza que lo sea por dentro. La autenticidad es la cualidad de ser genuino, original y único; es lo opuesto a la apariencia engañosa de lo cual uno puede desconfiar.

¿Qué ven los demás en ti? ¿Proyectas lo que realmente está en tu corazón? Tal vez tu respuesta es “no”. Quizá tu corazón está cargado, herido o agotado. Quizá presentas una cara amable al mundo mientras en tu interior te sientes roto o emocionalmente herido.
La buena noticia es que Dios desea sanar tu corazón. Él quiere enmendar tus heridas, llevar tus cargas, aliviar tus dolores y calmar tus frustraciones. Solo necesitas acercarte a Él con un corazón sincero. Te aseguro que Él nunca te rechazará. La Biblia dice en el Salmo 51:17, 17 El sacrificio que sí deseas es un espíritu quebrantado; tú no rechazarás un corazón arrepentido y quebrantado, oh Dios” (NTV).

No Soltando La Carga

Una vez vi una caricatura que me hizo reír. En ella, un hombre pedía que lo llevaran para aliviar la carga en sus hombros. Una camioneta se detiene y lo invita a subir. Alguien en el vehículo le pregunta: “¿Por qué no sueltas el morral con tu pesada carga?” El hombre responde: “Es que siempre me gusta cargar todas mis cargas”. Más allá de lo cómico, esta caricatura me hizo reflexionar: muchas veces actuamos igual en nuestra vida espiritual.

Como creyentes, presentamos nuestras cargas a Dios porque Él cuida de nosotros. Pero, al igual que el hombre en la caricatura, aunque oramos y le dejamos nuestras cargas, seguimos llevándolas. Nos apegamos a nuestras aflicciones, incertidumbres y temores, sin dejarlos completamente en manos de Dios. Sin embargo, Jesús ya cargó con nuestros pecados, nuestras aflicciones y todos nuestros temores en la cruz. ¿Dejarás que Él cargue todo lo que te agobia?
La Biblia dice en Mateo 11:29-30, 29 Pónganse mi yugo. Déjenme enseñarles, porque yo soy humilde y tierno de corazón, y encontrarán descanso para el alma. 30 Pues mi yugo es fácil de llevar y la carga que les doy es liviana»” (NTV).

Sin Las Fuerzas

¿Te has sentido alguna vez sin fuerzas? Como si no pudieras seguir adelante o sin ganas siquiera de levantarte de la cama. Creo que todos, en algún momento, nos hemos sentido así. Algunos, sin fuerzas físicas; otros, agotados emocional o espiritualmente. No estás solo. Una estadística reciente indica que más del 60% de las personas han experimentado una pérdida de fuerzas emocionales. Parece que, en el siglo XXI, las enfermedades emocionales superan incluso a las físicas.

Entonces, ¿qué hacer cuando te sientes sin fuerzas? Primero, reconoce que es algo común al ser humano. Identificarlo es el primer paso. Segundo, levántate por obediencia y compromiso y busca ayuda. A veces, una simple conversación, unas palabras de aliento o una oración pueden cambiar cómo te sientes. Además, pídele a Dios que multiplique tus fuerzas. Él se complace en fortalecernos, alentarnos y suplir nuestras carencias físicas, emocionales y espirituales.

 La Biblia dice en Isaías 40:29, “Él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas” (RV1960).