Desganados

¿No tienes ganas? ¿Estás desganado(a)? O, como dicen por ahí, “¿estás sin ganas?” La verdad es que muchas cosas en la vida se hacen “sin ganas”. Si las ganas fueran un requisito para lograr grandes cosas, no haríamos muchas de las cosas que comúnmente hacemos, ya que muchas tareas se llevan a cabo por obediencia y no por cómo nos sentimos en un momento particular. Es en la obediencia donde Dios nos da la fuerza para seguir adelante. De este modo, hallamos un principio fundamental: “La mayor parte de las cosas que hacemos, no las hacemos porque tenemos ganas, sino porque debemos hacerlas”. Es decir, aunque carezcamos de ganas, la obediencia nos recompensa deliberadamente.

La obediencia tiene dividendos eternos y beneficios a corto y largo plazo. Puede que haya cosas que no deseas hacer o que no tengas ganas de hacer, pero al realizarlas, recibirás muchos beneficios y ricas bendiciones. Si a esto le sumas el esfuerzo, la dedicación, el sacrificio y la entrega, desarrollarás características esenciales para fomentar un espíritu vencedor en la vida.
Así que, “con ganas o sin ganas”, seamos obedientes a la Palabra de Dios, a Sus principios y a Sus caminos. Los beneficios de la obediencia serán testimonio de esta hermosa decisión. La Biblia dice en 1 de Samuel 15:22b, “¡Escucha! La obediencia es mejor que el sacrificio, y la sumisión es mejor que ofrecer la grasa de carneros” (NTV).

Edificar

Recuerdo que uno de mis primeros trabajos de verano cuando era estudiante en el seminario fue ayudar en algunos proyectos de construcción. Aunque no sabía nada al respecto, mi papel era el de llevar material y desempeñar pequeñas tareas para facilitarles a otros trabajadores su trabajo. Recuerdo en particular una casa donde trabajamos. Su diseño era hermoso, sus detalles muy costosos y su fachada muy impresionante. Sin embargo, al terminar de edificarla se dieron cuenta que su fundamento había quedado mal en un sector esquinero de la casa. De modo que tuvieron que suspender todo lo que estaban haciendo en ese día porque la prioridad era arreglar el fundamento.

¿Cuántas veces nos pasa de esa manera? ¿Cuántas veces después de haber edificado algo en nuestra vida nos damos cuenta que su fundamento no está bien? Lo peor que hacemos es seguir construyendo sin reparar el fundamento. De modo que, ¿Cuál es tu fundamento? ¿Está bien? o ¿estás edificando sobre un fundamento que necesita ser arreglado? Déjame decirte que si tu fundamento esta cimentado en Jesús, todo lo que construyas, quedará bien. Pero, si Jesús no es tu fundamento, todo lo que construyas tendrá problemas desde sus cimientos. Entonces, edifica sobre el fundamento de Jesús.

La Biblia dice en el Salmo 127:1a, “Si el Señor no construye la casa, el trabajo de los constructores es una pérdida de tiempo. (NTV)

No Puedo Más

“Ya no Puedo más”. Esta es una expresión común cuando estamos exhaustos o abrumados por alguna situación o persona en particular. Es nuestra manera de decir que no podemos continuar, o como se dice coloquialmente, que “queremos tirar la toalla”. Ante esta idea, encontré un lema que ofrece una respuesta interesante: “Si vas a tirar la toalla, que sea en la playa”. En otras palabras, no debemos rendirnos, sino seguir adelante con perseverancia y determinación. Debemos transformar el “ya no puedo más” en un “puedo un poco más”. Pero ¿cómo lograrlo?

Primero, debemos conocer nuestros límites. Es fundamental saber hasta dónde podemos comprometernos y en qué capacidad. Segundo, debemos dedicarnos a actividades que se alineen con nuestras habilidades. Esto generará un sentido de retroalimentación positiva que nutrirá todo nuestro ser, incluso si nos sentimos físicamente cansados. Tercero, debemos aprender a decir “no”. No todo lo que podemos hacer, debemos hacerlo. Es esencial evaluar nuestros tiempos y compromisos para no sobrecargarnos.
Finalmente y, sobre todo, debemos buscar la guía de Dios para encontrar descanso en Él, recibir fuerzas y sabiduría en nuestras acciones, y confiar en que nuestro futuro está en Sus manos. La Biblia dice en 1 Juan 5:4, “¡Pero gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (NVI).

En Momentos

Recuerdo en mi infancia cuando mi madre entonaba un canto que decía: “En momentos así, levanto mi voz, levanto mis manos a Cristo.” Más adelante, continuaba: “Cuánto te amo Dios, cuánto te amo Dios, cuánto te amo, Cristo te amo.” Esta es una gran verdad. Hay momentos en los que solo podemos levantar nuestras voces y nuestras manos en rendición total a Dios. Se nos acaban las palabras y podemos estar cansados, pero reconocemos que le amamos.

Levantar nuestra voz significa comunicarnos de corazón con nuestro Señor. Significa expresarle desde lo más profundo de nuestro ser lo que sentimos. No importa cómo nos sintamos, lo importante es “expresarnos delante de Dios.” Levantar las manos es una señal de “rendición y sumisión.” No es un rito religioso, sino una expresión externa de nuestro interior. Cuando un ejército se rendía en la guerra, usualmente levantaban las manos y se inclinaban ante sus oponentes. En la vida cristiana, debemos rendirnos delante de Dios. Debemos reconocer que no podemos solos en esta batalla y en humildad admitir que necesitamos de Él.

No sé en qué momento te encuentras hoy, pero estoy seguro de que si levantas tu voz y te rindes a Dios, Él te ayudará a seguir adelante en la batalla diaria de la fe.La Biblia dice en Salmos 141:2, “Suba mi oración delante de ti como el incienso, El don de mis manos como la ofrenda de la tarde.” (NTV).

El Ayudador

Mi hijo constantemente me dice: “Papá, yo soy tu ayudador”. Desde pequeño se ha considerado un “gran ayudador”. La verdad es que todos necesitamos un poco de ayuda. A lo largo de nuestras vidas, hemos recibido apoyo de otros en situaciones simples y en momentos más complejos. Como dijo Henry Ford: “Unirse es el comienzo; estar juntos es el progreso; trabajar juntos es el éxito”. Nos necesitamos unos a otros para lograr cosas que nunca pensamos alcanzar.

La Biblia describe a Dios consistentemente como “nuestro ayudador”. Muchas veces se menciona que “Él es nuestro ayudador”. Dios, el creador de todo lo que existe, es nuestro ayudador. Él es nuestra fuerza, nuestro aliento y nuestro fundamento. Él levanta nuestra cabeza cuando estamos abatidos. Nos rescata de los peligros más inminentes y nos protege en todo momento. Él nos capacita, nos fortalece y nos establece. También nos sana, nos da perspectiva y renueva nuestras fuerzas cada mañana.
Nuestro Padre celestial es nuestra ayuda. La pregunta es: ¿clamas a Él por ayuda? ¿confías en Él como tu ayudador? ¿Esperas Su ayuda en los momentos más felices y Su intervención en los momentos más críticos de tu vida? Recuerda siempre que “Él es tu ayudador”. La Biblia dice en Hebreos 13:6, “de manera que podemos decir confiadamente: El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre” (RV1960).

Escuchar y Amar

Hay una gran diferencia entre “oír” y “escuchar”. Puedes oír algo sin realmente escucharlo. He presenciado numerosas discusiones donde se prestaba atención a las palabras, pero no a las emociones y acciones detrás de ellas. A veces, las palabras ni siquiera importan tanto. Alguien puede decir “Estoy bien”, pero su tono y comportamiento pueden indicar todo lo contrario. Escuchar significa captar también lo que no se dice. Escuchar es prestar atención a todo tipo de comunicación. Esto se llama empatía. 

La empatía implica ponerse en el lugar del otro y comprender su perspectiva. Es preguntarse a sí mismo: “¿Cómo me sentiría si estuviera en esa situación?”. Escuchar con empatía significa prestar atención sin interrumpir, percibiendo los miedos y los sentimientos. Oyes lo que no se está expresando verbalmente, no tratando de solucionar el problema a primera instancia. A veces, la sanidad viene simplemente por escuchar.
Por eso, escuchar es probablemente la habilidad más importante para construir amistades y relaciones. No puedes amar a las personas sin escucharlas. Entonces, ¿Estás escuchando o solo oyendo a las personas que dices amar? Recuerda que “no se puede amar sin escuchar”. La Biblia dice en Romanos 15:2, Deberíamos ayudar a otros a hacer lo que es correcto y edificarlos en el Señor”, (NTV)

Más de Ti y Menos de Mí

“Más de ti y menos de mí”. Este debe ser el emblema de todas nuestras relaciones, empezando por nuestra relación con Dios. Sin embargo, hacemos todo lo contrario. Con nuestras acciones decimos: “Más de mí y menos de ti”. El egoísmo destruye las relaciones. Es la causa número uno de conflictos, discusiones, divorcios e incluso de las guerras. Es muy fácil que el egoísmo se deslice dentro de nuestras relaciones. Por ejemplo, cuando comienzas una relación, trabajas muy duro para no ser egoísta. Pero a medida que pasa el tiempo, el egoísmo comienza a aparecer. Tendemos a poner más empeño en iniciar y construir relaciones que en mantenerlas.

Si el egoísmo destruye las relaciones, entonces la falta de egoísmo, o un sano desinterés, es lo que las hace crecer. ¿Qué significa ese tipo de desinterés? Significa menos de “mi” y más de “la otra persona”. Ese desinterés saca lo mejor de los demás. Construye confianza en las relaciones. De hecho, si comienzas a actuar desinteresadamente en una relación, esto obliga a la otra persona a cambiar, porque tú ya no eres el mismo. Se relacionarán contigo de manera diferente. 
En realidad lo he visto muchas veces: “Algunas de las personas más desagradables de las que nadie quiere estar cerca, se transforman cuando alguien es amable y desinteresado hacia ellas, cuando reciben lo que necesitan y no lo que merecen”. La Biblia dice en Filipenses 2:4, No se ocupen solo de sus propios intereses, sino también procuren interesarse en los demás” (NTV).

Las Relaciones y La Humildad

“El orgullo destruye las relaciones, pero la humildad es el antídoto del orgullo”. La humildad construye relaciones. El problema con el orgullo es que nos engaña: todos los demás pueden verlo en nosotros, menos nosotros mismos. El orgullo se manifiesta de diversas maneras, como la crítica, la competencia, la obstinación y la superficialidad. Pero ¿cómo podemos crecer en humildad? Esto solo sucede al permitir que Jesucristo comience a controlar nuestros pensamientos, corazones, actitudes y reacciones. Él debe ser parte de este proceso.

Pero ¿cómo te conviertes en una nueva persona? ¿Cómo empiezas a pensar de una manera diferente? La ley básica de las relaciones es esta: “Tú tiendes a ser como las personas con las que pasas tiempo”. Si pasas tiempo con gente gruñona, te vuelves más gruñón. Si pasas tiempo con gente feliz, te vuelves más feliz. Si quieres tener más humildad, pasa tiempo con Jesucristo. Él es humilde y desea una relación contigo. Quiere que pases tiempo con Él en oración, leyendo Su Palabra y hablándole. A medida que lo conozcas, te volverás más como Él.
Cuando pasas tiempo con Jesús, te vuelves más humilde y eso fortalecerá todas tus relaciones. Reflexiona sobre qué necesitas cambiar en la forma en que piensas sobre otras personas para que coincida con la perspectiva de Jesús. La Biblia dice en 1 Pedro 3:8,Por último, todos deben ser de un mismo parecer. Tengan compasión unos de otros. Ámense como hermanos y hermanas. Sean de buen corazón y mantengan una actitud humilde” (NTV).

Fuera de Control

Alguien una vez dijo: “Una vida sin riesgo es una vida gris, pero una vida sin control probablemente será una vida corta”. Esta afirmación encierra una gran verdad. Hay personas que viven una vida descontrolada, semejantes a un carro que pierde los frenos en una montaña empinada, descontrolando su rumbo en el descenso y terminando en un pozo o despeñadero. La vida sin límites inevitablemente se dirige hacia una caída.

Desde la creación, Dios estableció límites y un orden sobre todas las cosas. El descontrol comenzó cuando la humanidad desobedeció a Dios. Una vida sin propósito y sin dirección es una vida que no se somete al control de Dios. Vivir bajo la soberanía de Dios significa permitir que Él controle todas las áreas de nuestra vida. Para ello, debemos someternos y dejar que nos dirija.
Sin embargo, nuestro “ego” a menudo se resiste a someterse a Dios y a Sus planes para nosotros. Queremos vivir bajo nuestros propios límites, lo cual es perecedero. Entonces, ¿deseas vivir una vida larga y plena? ¿Deseas cumplir el propósito de Dios para tu vida en esta generación? Vive bajo el señorío de Cristo. Te aseguro que te irá mucho mejor. La Biblia dice en Proverbios 16:32, “Mejor es ser paciente que poderoso; más vale tener control propio que conquistar una ciudad” (NTV).

En Suciedad

¿Alguna vez te has sentido sucio? ¿Has querido bañarte, pero has tenido que esperar para hacerlo? ¿Cómo te has sentido una vez que finalmente has podido quitarte la suciedad? Bien, ¿verdad? Pero ¿qué hay de aquellos que están sucios en otras áreas y de otras maneras? Por ejemplo, el dicho: “No me hables bonito si me vas a jugar sucio”. Es decir, la suciedad externa se puede ver, pero la interna solo puede ser vista por Dios. Como dicen por ahí: “Las apariencias engañan”.

La suciedad más grande de la que padece el ser humano se llama pecado. El pecado ha ensuciado nuestra manera de pensar, de sentir y de actuar. Sin embargo, hay una solución para la suciedad del ser humano: la sangre de Cristo Jesús. Así como podemos quitar la suciedad externa, por más pegada que esté a nuestro cuerpo, también podemos limpiar lo sucio que hay en nuestros pensamientos y en nuestros corazones con la sangre de Cristo.
Jesús promete limpiar todos nuestros pecados, transformar nuestras vidas, lavarnos con Su sangre preciosa y mantenernos cerca de Él. Solo nos pide que le demos nuestro corazón. Él desea limpiar lo que parece tan sucio y sin solución. La Biblia dice en Isaías 1:18, »Vengan ahora. Vamos a resolver este asunto —dice el Señor—. Aunque sus pecados sean como la escarlata, yo los haré tan blancos como la nieve. Aunque sean rojos como el carmesí, yo los haré tan blancos como la lana” (NTV).