Visitar un taller de cerámica enseña teología. La pieza solo toma forma cuando permanece centrada en el torno; si se descentra, se deforma. El alfarero moja sus manos para evitar que la arcilla se quiebre, que la presión no la destruya, sino que la defina. Además, cuando hay una burbuja de aire, la revienta para que el horno no rompa la vasija. Nada es capricho: cada giro, cada toque, cada pausa tiene propósito.
Así es el trato de Dios con nosotros. Cuando nos salimos del centro de Su voluntad, la vida tambalea. Por lo tanto, regresa al centro a través de la Palabra, la oración, la comunidad y la obediencia. Como resultado, no malinterpretes la presión del proceso: el Señor Jesús no aplasta, moldea. El agua de Su gracia te mantiene sensible, pero el fuego de las pruebas consolida lo formado. Además, si descubres “burbujas” de orgullo o autoengaño, permite que Él las exponga antes de que el horno de la vida te quiebre.
De modo que, entrégate de nuevo dile al Señor: “Haz como quieras”. En las manos del Alfarero, el barro no termina en descarte, sino en instrumento útil. La Biblia dice en Jeremías 18:6: “¿No podré yo hacer de vosotros como este alfarero, oh casa de Israel? dice Jehová. He aquí que como el barro en mano del alfarero, así sois vosotros en mi mano…”. (RV1960).
Month: September 2025
Minutos rescatados
No siempre perdemos horas; a veces perdemos minutos que se escurren entre notificaciones, comparaciones y distracciones en piloto automático. Pero el tiempo no es enemigo; es talento para ser administrado para la gloria de Dios. Para progresar en esto, un joven decidió “rescatar” cinco minutos de cada hora. Por ejemplo, poner la pantalla abajo, tener respiración profunda, hacer una oración breve como: “Señor, ordénanos hoy” y una acción concreta de servicio. Al cierre de la jornada, había ganado casi una hora de vida intencional.
El apóstol nos llama a aprovechar bien el tiempo porque los días son malos. Por lo tanto, practica pequeños hábitos de rescate: establece bloques de enfoque, silencia lo innecesario, pon un versículo visible y agenda pausas de oración. Por consiguiente, cambia el “no me alcanza” por “haré lo que sí puedo hoy con fidelidad”. La voluntad de Dios suele forjarse en micro-decisiones que, sumadas, dibujan una vida distinta.
Además, pide al Señor Jesús sensibilidad para discernir interrupciones que son invitaciones como una conversación providencial, una necesidad frente a ti o una puerta entreabierta para el bien. Redimir el tiempo no es llenarlo de ruido, sino alinear minutos con propósito. La Biblia dice en Efesios 5:16: “Aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos”. (RV1960).
El cuaderno de la gratitud
Una mujer empezó a anotar, cada noche, tres agradecimientos específicos del día. No generalidades, sino detalles. Por ejemplo, “la conversación con su vecina”, “el correo que aclaró una duda”, “el atardecer desde la ventana del bus”, etc. Al principio le pareció poco espiritual; luego notó algo: su oración cambió de tono. La queja disminuyó, la adoración aumentó y la ansiedad perdió volumen. La gratitud no negó sus luchas; al contrario, las puso en perspectiva.
De modo que, la fe no es amnesia del dolor, es memoria de la fidelidad de Dios. Por lo tanto, abre un cuaderno de gratitud. Anota lo pequeño y lo grande, lo esperado y lo sorpresivo. De modo que, cuando la mente quiera habitar en lo que falta, léele en voz alta lo que ya fue dado. La gratitud no es un accesorio devocional; es una disciplina que forma el corazón y afina la mirada para reconocer al Señor Jesús en medio de lo común.
Además, comparte la práctica en familia o con amigos. Las mesas se vuelven altares cuando el agradecimiento toma la palabra. Finalmente, cuando no encuentres motivos, empieza por el mayor: Cristo y Su obra a tu favor. La Biblia dice en 1 Tesalonicenses 5:18: “Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús”. (RV1960).
Quince minutos que cambian el día
Una madre de agenda saturada decidió reservar quince minutos diarios para una cita con Dios con la Biblia abierta, una libreta y una taza de café. No era un retiro de fin de semana, ni una madrugada heroica; era constancia. Al principio le costó por la tentación de revisar mensajes “rápidos” o la culpa de no hacer más, pero también entendió que el alma no se alimenta por la acumulación ocasional, sino por pan cotidiano. Con el tiempo, esos quince minutos ajustaron su ánimo, afinaron su oído y reordenaron su día.
Así también nosotros. El mundo nos empuja a correr, pero el Señor Jesús nos invita a permanecer. Por lo tanto, agenda tu cita: elige un lugar, un horario realista y un plan sencillo (lee un Salmo, un pasaje del Evangelio y anota una oración). Como resultado, cuando la prisa toque a la puerta, recuérdale que tu prioridad es escuchar primero la voz de Dios.
La fidelidad no se mide por rachas extraordinarias, sino por pasos pequeños y constantes. Además, comparte lo que aprendas. Por ejemplo, una frase con tus hijos, una promesa con un amigo o una oración por tu equipo. La Palabra ingerida en secreto producirá fruto en público.
La Biblia dice en Mateo 4:4: “No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. (RV1960).
El violín sin voz
En una tienda de segunda mano, un músico encontró un violín sin estuche, sin cuerdas y cubierto de polvo. Lo llevó a un artesano, el cual no se burló de sus grietas ni de su puente torcido. Al contrario, las estudió con paciencia. Luego, cambió el alma del violín (esa pequeña pieza interna que sostiene la resonancia), ajustó el puente, colocó cuerdas nuevas y limpió la madera con delicadeza. Cuando el músico volvió, el instrumento “sin voz” cantó. No porque ya no tuviera cicatrices, sino porque esas cicatrices habían sido redimidas por manos expertas.
Así obra Dios con nosotros. El pecado, el dolor y los fracasos desalínean el corazón y nuestra resonancia se apaga. Pero el Señor no nos desecha, Él nos restaura. Por eso, entrégale tus grietas y permite que Él ajuste lo interno (tu alma), enderece lo visible (tus hábitos) y vuelva a templarte con Su gracia. La sanidad duele un poco porque requiere de una confesión honesta, de obediencia concreta y de perseverancia en comunidad.
Por lo tanto, no declares “inútil” lo que Dios está reparando. Cuando el Señor te pone en Su banco de trabajo, no es para exhibir tus fallas, sino para afinar tu propósito. Así que, cuando vuelvas a sonar, no te gloríes en la madera, sino en el Artesano. La Biblia dice en Isaías 42:3: “La caña cascada no quebrará, y el pábilo que humeare no apagará…”. (RV1960).
La llamada que cambió el día
Una palabra a tiempo puede enderezar una jornada torcida. Por ejemplo, un maestro que anima, un amigo que ora, un hermano que escucha sin juzgar. No resuelven todos los problemas, pero abren ventanas donde antes solo había paredes. Detrás de ese gesto hay algo profundo: el Señor Jesús usando voces humanas para llevar Su consuelo.
Por lo tanto, toma el teléfono o escribe el mensaje que llevas posponiendo. Dile a esa persona: “Estoy orando por ti”, “cuentas conmigo”, o “¿cómo puedo ayudarte hoy?”. No subestimes el alcance de un acto sencillo; ya que Dios multiplica lo pequeño cuando nace del amor. Por esta razón, haz de la edificación un hábito, elige palabras que sanan, ofrece silencios que abrazan, comparte promesas que levantan. Si hoy eres tú quien necesita la llamada, pídesela al Señor y sé honesto con alguien de confianza. La comunidad no es lujo de la fe, es parte de su diseño. Ningún corazón fue hecho para cargarse solo. Por tanto, deja que tus palabras sean puentes y no paredes. Quizá para alguien, tu voz será la diferencia entre rendirse o seguir. La Biblia dice en Proverbios 12:25: “La congoja en el corazón del hombre lo abate; mas la buena palabra lo alegra” (RV1960).
El semáforo en amarillo
En las calles el amarillo del semáforo no es adorno; es aviso. No significa “acelera”, sino “disminuye y decide con prudencia”. En la vida espiritual también hay señales amarillas. Por ejemplo, inquietudes persistentes, consejos sabios que coinciden, pasajes bíblicos que se repiten, etc. El Señor Jesús, por medio de Su Palabra y Su Espíritu nos invita a bajar la velocidad para escuchar con atención.
Por lo tanto, cuando todo dentro de ti grite “¡ya!”, pon el corazón en modo discernimiento. Ora sin prisa, consulta a creyentes maduros, revisa tus motivaciones y pregunta con honestidad: “¿Busco la gloria de Dios o la mía?”. De modo que, si la paz del Señor no te acompaña, espera. Esperar no es perder el tiempo; es invertirlo en la dirección correcta.
Además, recuerda que la voluntad de Dios no se contradice con Su carácter. Si para correr una puerta debes quebrar principios bíblicos, esa puerta no viene de Él. La verdadera guía produce fruto de justicia, no atajos de ansiedad. Así que, cuando el cielo ponga el semáforo en amarillo, no te frustres. Agradece el aviso, ajusta el paso y deja que la paz de Cristo arbitre tus decisiones. La Biblia dice en Salmos 27:14: “Aguarda a Jehová; Esfuérzate, y aliéntese tu corazón; Sí, espera a Jehová” (RV1960).
El vaso agrietado
Una vasija con grietas suele terminar en la basura. Pero en manos de un artesano, esas grietas se convierten en líneas de historia. Así también ocurre con el corazón humano. Creemos que nuestras roturas nos descalifican, cuando en realidad pueden convertirse en ventanas por donde la luz de Cristo se ve con mayor claridad.
El Señor Jesús no busca perfección aparente, sino vasos disponibles. Por lo tanto, no escondas tus fracturas: preséntalas. La confesión reparte el peso, la oración lo entrega y la obediencia diaria va sellando las fisuras con esperanza. Por eso, tu debilidad deja de ser excusa para convertirse en escenario del poder de Dios.
Tal vez pienses: “¿Cómo podré servir con estas grietas?”. Precisamente porque existen, tu compasión será más profunda, tu consejo más tierno y tu fe más auténtica. De tal forma que, la gracia no maquilla; transforma. Además, cuando alguien vea tu vida y pregunte por la fuente de tu resistencia, podrás señalar no tu fuerza, sino el tesoro que te habita. De modo que, no deseches el vaso por estar agrietado. Ponlo en las manos correctas. Allí la fractura no se niega; se redime. La Biblia dice en 2 Corintios 4:7: “Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros” (RV1960).
El banco de las segundas oportunidades
En un parque de la ciudad hay un banco con pintura gastada. Si hablara, contaría historias de reconciliaciones. Por ejemplo, padres que volvieron a intentarlo, amigos que se pidieron perdón, matrimonios que eligieron sanar, etc. No son historias de finales perfectos, sino comienzos humildes. Allí comprendemos que la gracia no niega el pasado, pero sí le quita el poder de dictaminar el futuro.
El Señor Jesús es experto en reescribir capítulos. Cuando fallamos, nuestra culpa grita “se acabó”, pero la voz de Dios susurra “empecemos de nuevo”. Por tanto, la vergüenza no es destino; es señal para volver a casa. Por ese motivo, la restauración requiere verdad (llamar pecado al pecado), arrepentimiento (cambiar de dirección) y comunidad (andar acompañados). Así que, la gracia no nos deja como estamos; nos levanta para caminar distinto.
Hoy quizá necesitas ese banco al confesar sin excusas, presentar tu herida al Señor y al buscar la ayuda concreta. Si has sido herido, ofrece la posibilidad real de un nuevo trato. No siempre significa volver a lo de antes, pero sí quitar la espina del rencor. De modo que, escribe con Dios una página nueva. Las misericordias del Señor no se agotan; se estrenan cada mañana sobre quienes se rinden a Él. La Biblia dice en Miqueas 7:18: “¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia” (RV1960).
La mochila invisible
Hay días en que nos levantamos como si cargáramos una mochila invisible. No tiene cierres ni bolsillos, pero pesa: preocupaciones por el trabajo, culpas no resueltas, temores que nadie ve. Caminamos con esa carga a cuestas y, sin darnos cuenta, ajustamos el paso a su peso. La vida se vuelve más lenta, las oraciones más cortas, la esperanza más baja. Sin embargo, el Señor Jesús no nos llamó a fingir ligereza, sino a entregar lo que nos abruma.
Por lo tanto, detente y revisa tu mochila: ¿qué pensamiento te quita la paz?, ¿qué conversación postergas?, ¿qué culpa sigues cargando después de haberla confesado? Llévalo todo a la presencia de Dios. Vaciar la mochila no es irresponsabilidad; es obediencia. Por eso, practica tres acciones sencillas: ora con honestidad (di lo que realmente piensas), comparte con alguien maduro en la fe (la carga se divide cuando se habla) y ordena lo que sí puedes hacer hoy (el resto, entrégalo al Señor).
De modo que, no intentes recorrer un maratón con piedras que Cristo ya te invitó a dejar. La gracia no solo perdona; también aligera. Y cuando la carga vuelva a aparecer, recuerda que soltar no es un evento único, sino una disciplina diaria de confianza. La Biblia dice en 1 Pedro 5:7: “Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros” (RV1960).