No todas las oportunidades vienen con rótulos luminosos. A veces, Dios deja una puerta apenas entreabierta como una conversación casual, una tarea pequeña o un servicio discreto. Esperamos la gran plataforma y pasamos por alto el pasillo estrecho que conduce a ella.
La fidelidad se prueba en los umbrales. Por lo tanto, cuando veas una rendija de posibilidad, ora y avanza un paso. Tal vez no veas el salón completo, pero al cruzar, la luz crece. En consecuencia, abandona el perfeccionismo que paraliza y abraza la obediencia que camina. La voluntad de Dios suele revelarse mientras obedecemos, no antes.
Además, recuerda que “poca fuerza” no es excusa, es oportunidad para que el poder del Señor Jesús se perfeccione. Él abre y nadie cierra; cierra y nadie abre. Nuestra parte es guardar Su Palabra y mantener Su Nombre en alto aunque el espacio sea pequeño.
De modo que, no desestimes la puerta entreabierta de hoy. Podría ser el inicio de una historia que mañana llamarás milagro. La Biblia dice en Apocalipsis 3:8: “Yo conozco tus obras; he aquí, he puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar; porque aunque tienes poca fuerza, has guardado mi palabra, y no has negado mi nombre”.
Month: September 2025
La mesa extendida
Hay mesas que se alargan con una pieza adicional en el centro. Así es la hospitalidad cristiana: una vida que “extiende” su espacio para que otros quepan. No se trata solo de un comedor lleno, sino de un corazón dispuesto. La casa perfecta no transforma vidas, el amor sincero, sí.
La hospitalidad abre puertas a conversaciones que sanan, a oraciones que levantan y a amistades improbables. Por lo tanto, no esperes tener “todo en orden” para invitar. Comparte lo que hay. Esto puede ser una sopa sencilla, un café honesto, una escucha sin prisa. En consecuencia, tu mesa puede convertirse en altar donde el Señor Jesús cura soledades y enciende esperanza.
Además, la mesa extendida también se practica fuera de casa. Por ejemplo, en el trabajo, en la iglesia, en el vecindario, dejando un asiento libre para el nuevo, una palabra para el que llega tarde a la vida, una invitación para quien siempre queda fuera. Por lo tanto, la generosidad abre caminos que los sermones no siempre alcanzan.
De modo que, prepara hoy un lugar más. El Reino se parece a una mesa donde hay sitio para otro.
La Biblia dice en 1 Pedro 4:9–10: “Hospedaos los unos a los otros sin murmuraciones. Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios”.
El mensaje no enviado
Quizá te ha pasado que escribes un mensaje largo para “poner en su lugar” a alguien. Cada frase afilada parece justa, cada argumento impecable. Estás a un clic de enviarlo… y el Espíritu te detiene. Entonces, apagas la pantalla, respiras, oras, relees. Descubres que parte de tu impulso no era celo por la verdad, sino necesidad de ganar.
La sabiduría del cielo no niega la confrontación; la redime. Hablar la verdad “en amor” significa elegir el tono, el momento y la intención correctos. Por lo tanto, antes de enviar, filtra tu mensaje por tres preguntas: ¿es verdadero?, ¿es necesario?, ¿es edificante? Si falla en alguna, edítalo o no lo envíes.
De modo que, practica la santa pausa. La blanda respuesta no es debilidad, es poder bajo control. Además, cuando debas corregir, empieza reconociendo tus propias faltas, ofrece caminos de solución y cierra con esperanza. La gracia no diluye la verdad; la vuelve audible.
Hoy quizá el milagro no sea una gran reconciliación pública, sino un mensaje no enviado que evitó una herida. El cielo aplaude esas victorias silenciosas.
La Biblia dice en Proverbios 15:1: “La blanda respuesta quita la ira; Mas la palabra áspera hace subir el furor”.
El reloj sin manecillas
Una vez me encontré un reloj antiguo sin manecillas en una tienda de segunda mano. Marcaba la hora en silencio, pero de ninguna hora. Me recordó a nuestras temporadas de espera y cuando la vida parece detenida. Por ejemplo, solicitudes sin respuesta, tratamientos largos, puertas que no se abren, oraciones sin respuesta, etc. Queremos que Dios acelere todo, pero Él nos enseña a habitar en el tiempo con fe.
Esperar no es pasividad, es disciplina de confianza. Por eso, en la “sala de espera” del alma, ora con honestidad, cumple lo que sí te toca hoy y rehúsate a construir futuros imaginarios de miedo. Al contrario, transforma cada día en altar, presenta tu agenda, tus personas y tus cargas delante del Señor Jesús. Él no se retrasa, sino que nos prepara. Además, la espera purifica motivos, reajusta prioridades y hace espacio para la obediencia sencilla.
De modo que, cuando el reloj de Dios parezca sin manecillas, recuerda que Sus promesas no pierden vigencia. Él obra en lo invisible, alinea circunstancias y fortalece tu raíz. Por lo tanto, no midas a Dios por tu cronómetro; mide tu corazón por Su Palabra.
La Biblia dice en Salmos 31:15: “En tu mano están mis tiempos; Líbrame de la mano de mis enemigos y de mis perseguidores”.
El abrazo que no llegó
Una discusión familiar terminó con una puerta cerrada y un abrazo que no llegó. Pasaron los días y el orgullo levantó muros, mientras el corazón pedía puentes. En la noche, la conciencia susurraba: “Pide perdón”. Pero la mente respondía: “Que lo haga primero”. Ese forcejeo interno lo conocemos bien: queremos paz, pero exigimos que el otro dé el primer paso.
Sin embargo, el Señor Jesús nos llama a una valentía diferente: la del perdón que se adelanta. Perdonar no es aprobar la ofensa, es renunciar a cobrarla por nuestras manos y entregarla a la justicia de Dios. Por lo tanto, el perdón es una decisión antes que un sentimiento, ya que los afectos suelen llegar después de la obediencia.
De modo que, si hoy hay un abrazo pendiente, ora y toma la iniciativa: manda un mensaje humilde, propone un café, baja el tono y eleva la gracia. Tal vez no controles la respuesta del otro, pero sí tu obediencia, y aun si el abrazo no llega de inmediato, la paz de Dios comenzará a habitar en tu corazón. El Reino avanza cuando un hijo(a) de Dios decide perdonar como fue perdonado. La Biblia dice en Efesios 4:32: “Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo”.
Cuando el aplauso se apaga
Un músico contó que lo más difícil no era tocar frente a miles, sino la hora silenciosa después del concierto, cuando ya no hay luces ni ovaciones. En ese momento, dijo, uno descubre si toca para ser visto o porque fue llamado. La soledad posterior revela el motivo del corazón.
La vida espiritual también se prueba cuando nadie nos aplaude. Por ejemplo, servir en lo escondido, perdonar sin reconocimiento y dar sin publicar. El Señor Jesús nos invita a vivir para la audiencia de Uno. Por eso, el valor de tu obediencia no lo define el ruido externo, sino la mirada del Padre.
Practica hoy las disciplinas secretas: ora a puerta cerrada, bendice sin firmar y ayuda sin contarlo. Tal vez nadie lo note, pero el cielo sí. Además, cuando el cansancio susurre que “no vale la pena”, recuerda que la recompensa no es el aplauso, sino la presencia del Señor que te ve y te sustenta. De modo que, cuando el escenario quede vacío, permite que tu corazón siga lleno de adoración, porque la madurez se mide por lo que hacemos cuando nadie mira. La Biblia dice en Mateo 6:4: “Y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público”.
El hilo rojo de la providencia
Hay días en que todo parece retrasarse: semáforos eternos, filas interminables, reuniones que se mueven de hora. Sin embargo, más tarde descubrimos que aquel “atraso” nos libró de un problema, nos permitió un encuentro clave o nos dio oportunidad de servir a alguien. La providencia de Dios suele bordar a través de demoras que no pedimos.
Cuando el plan se altera, nuestra ansiedad quiere tomar el volante. No obstante, la fe nos recuerda que el Señor gobierna incluso los minutos “perdidos”. Por eso, la pregunta no es “¿por qué me pasó esto?”, sino “¿para qué quiere Dios usarlo?”. A veces, el hilo rojo de Su propósito solo se ve desde el reverso del tapiz y requiere paciencia para esperar el resultado.
Por lo tanto, entrégale tus horarios al Señor Jesús. Él no llega tarde. Él llega justo a tiempo para formar tu carácter, abrir la puerta precisa y cerrar las que no convienen. Mientras esperas, sirve donde estás, ora por quien tienes al lado y confía en que el plan de Dios no depende de tu reloj. La Biblia dice en Romanos 8:28: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados”.
La brújula y el mapa
Un guía de montaña explicó a su grupo que llevar un mapa es esencial, pero inútil si no sabes dónde estás parado. Por eso, además del mapa, cargaba una brújula. El mapa mostraba el terreno, pero la brújula indicaba la dirección. Solo con ambos podía trazar una ruta segura.
La vida cristiana se parece a esa caminata. La Palabra de Dios es el “mapa” que revela la voluntad del Señor; el Espíritu Santo actúa como “brújula” que orienta nuestro corazón en decisiones concretas. Entonces, cuando intentamos avanzar solo con intuiciones, nos perdemos; cuando miramos el mapa sin obediencia, nos estancamos.
Por lo tanto, abrir la Biblia cada día y someter la agenda al Señor Jesús no es ritual, es supervivencia espiritual.
Por eso, antes de precipitarte, detente. Ora, consulta la Escritura, pide consejo sabio y toma el siguiente paso que sí conoces. Dios suele guiar paso a paso y no con reflectores de autopista. Así que, la obediencia de hoy prepara la claridad de mañana y aunque no veas todo el trayecto, la fidelidad del Guía es suficiente para avanzar con paz. La Biblia dice en Proverbios 3:5–6: “Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas”.
El árbol que no se rindió
Después de una tormenta, un árbol del vecindario quedó torcido, con ramas rotas y hojas dispersas por el suelo. Muchos pensaron que habría que cortarlo. Sin embargo, pasaron las semanas y, contra todo pronóstico, comenzaron a brotar hojas nuevas. El tronco, aunque herido, seguía vivo. Nadie aplaudió su proceso; simplemente, en silencio, volvió a crecer.
Así es el corazón que confía en Dios. La tempestad puede golpearnos. Por ejemplo, pérdidas, diagnósticos, puertas cerradas, pero la raíz que se aferra a la Palabra y a la presencia del Señor Jesús descubre que la vida de Dios late incluso en las grietas. Por lo tanto, la pregunta no es cuán fuerte fue el viento, sino cuán profunda es tu raíz.
Dios no siempre evita la tormenta, pero promete sostenerte en medio de ella. Permite que Su “poda” forme carácter, que Su paciencia te enseñe a esperar y que Su gracia te levante. De modo que, no declares muerto lo que Dios solo está preparando para florecer diferente. La resiliencia del árbol no estuvo en su apariencia, sino en su raíz. Así también tú vuelve a la oración, a la comunidad y a la obediencia sencilla de hoy. La Biblia dice en Jeremías 17:7–8: “Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová. Porque será como el árbol plantado junto a las aguas… y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto”.
La silla vacía en la mesa
En algunas casas, cuando alguien ya no está, queda una silla vacía que parece hablar más que cualquier discurso. Un padre que partió, un hijo que se mudó, una abuela que ya no puede venir. Esa silla, silenciosa, recuerda las risas, los consejos y hasta los desacuerdos. Al principio, mirar hacia ese lugar duele. Pero, con el tiempo, aprendemos que el amor no termina cuando cambia la presencia física. El Señor usa incluso las ausencias para enseñarnos a amar más, a perdonar mejor y a valorar cada instante con los que aún están.
Es así como la fe nos entrena para mirar la silla vacía de otra manera. No como un eco de pérdida, sino como un altar de memoria y esperanza. Allí oramos, damos gracias por lo vivido y nos rendimos a la voluntad de Dios, que promete cercanía en la aflicción. De modo que, cuando la nostalgia apriete, convierte ese espacio en lugar de encuentro con el Señor. Habla con Él, recuerda con gratitud y permite que Su consuelo te fortalezca para servir a otros que también extrañan.
Por lo tanto, la silla vacía no es el final de la historia; es la ocasión para experimentar que Dios llena lo que parece imposible de llenar. La Biblia dice en Salmos 34:18: “Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu”.