Cruzar el umbral con fe

El año termina, pero Dios permanece. Así es, cruzamos un umbral sin saber lo que vendrá, pero sabiendo quién va con nosotros. El corazón humano quiere controlar el futuro para sentirse seguro y esa ansiedad roba nuestra paz. De modo que hoy entrega el mañana al Señor Jesús y cierra el año con una fe consciente. La fe no adivina; la fe descansa y esa confianza te vuelve libre.

Haz una oración sencilla como: “Señor, gracias por sostenerme. Perdona lo que debo soltar y guíame a lo que debo obedecer”. Además, bendice el nuevo año con intención. Declara vida sobre tu familia, sabiduría sobre tus decisiones y compasión sobre tu trato con los demás. No entres al próximo año solo con metas; entra con rendición. De modo que tu agenda sea obediencia y tu ritmo sea gracia y recuerda, la paz no nace del control, sino de la confianza en un Dios fiel y cercano.

Finalmente, cruza el umbral con esperanza. Recuerda que el Dios que te guardó ayer también te guardará mañana. La Biblia dice en Salmos 121:8: “Jehová guardará tu salida y tu entrada desde ahora y para siempre, amén”. (RV1960).

Preparar el corazón para lo nuevo

Lo nuevo de Dios no entra donde todo está ocupado, porque para recibir un nuevo comienzo, el corazón necesita espacio. Sin embargo, muchos piden “un año diferente” sin soltar lo viejo que los ata. Así que, prepara tu interior con humildad. Suelta lo que te drena y abraza lo que te forma. A veces, lo viejo no es malo; solo es pesado, y lo pesado te cansa sin darte fruto.

Además, lo nuevo de Dios no siempre llega con ruido; llega con dirección. De modo que, entrégale al Señor Jesús tus planes, tus temores y tus expectativas. Pídele discernimiento para elegir mejor, constancia para obedecer y mansedumbre para esperar. También, decide una práctica espiritual concreta para enero como la lectura bíblica, oración al despertar, descanso intencional y servicio regular. Lo nuevo se recibe por gracia, pero se cultiva con disciplina.

Recuerda que la disciplina no es castigo; es amor en práctica y cuando caigas, retómalo de nuevo. La gracia también es reinicio. Además, haz espacio y verás lo que Dios puede hacer cuando el corazón está disponible.
La Biblia dice en Isaías 43:19: “He aquí que yo hago cosa nueva…”. (RV1960).

Mirar el año sin miedo

Cerrar el año puede sentirse como mirar un álbum: algunas páginas brillan y otras duelen. Hay gratitud, pero también hay múltiples pendientes, pero Dios no te pide cerrar con perfección, sino con honestidad. De modo que hoy mira el año sin miedo y con fe. Agradece lo bueno, reconoce lo aprendido y entrega lo que aún pesa. No obstante, no te hables con crueldad porque la gracia también evalúa con ternura.

Además, incluso lo difícil puede convertirse en maestro cuando lo pones en las manos del Señor Jesús. Así pues, haz un ejercicio simple. Escribe algunos motivos de gratitud y una lección que no quieres olvidar. Luego suelta una carga. Por ejemplo, una culpa, una comparación o una herida vieja, ya que no estás llamado(a) a cargarlo todo al próximo año. La gracia te permite mirar atrás sin condenarte y mirar adelante sin presionarte. Así pues, cierra este año bendiciendo lo que Dios hizo, aunque no fue perfecto.

Mira hacia atrás con gratitud y mira hacia adelante con confianza. El Dios fiel sigue escribiendo tu historia.
La Biblia dice en Salmos 66:16: “Venid, oíd… y contaré lo que ha hecho a mi alma”. (RV1960).

Una esperanza que no se va

La esperanza cristiana no termina el 25 de diciembre. Cristo vino para quedarse, no para pasar como si nada. Sin embargo, muchas personas viven con una esperanza temporal. Es decir, cantan en diciembre y se inquietan en enero. Hoy cultiva una esperanza constante, sostenida por la fidelidad de Dios y no por el ánimo del momento. La esperanza no es negación; es un ancla y una decisión diaria.

Además, la esperanza se alimenta con hábitos sencillos como una oración diaria, una gratitud consciente y una obediencia humilde. Así pues, cuando sientas que el corazón se te apaga, vuelve a la siguiente verdad: el mismo Señor Jesús que nació en Belén sigue reinando y sigue obrando hoy en día. Su luz no depende de tus circunstancias; depende de Su carácter. Por tanto, reemplaza el “¿y si sale mal?” por “aunque no entienda, Dios es bueno”.

Recuerda que la esperanza madura no niega el dolor; lo atraviesa con fe, y durante ese proceso, el Señor forma nuestra paciencia, carácter y compasión. De modo que, no apagues la esperanza cuando se apaguen las luces; enciéndela con fe cada mañana. La Biblia dice en Romanos 5:5: “La esperanza no avergüenza…”. (RV1960).

Guardar antes de entender

María guardaba y meditaba. Así es, no todo se entiende de inmediato, pero todo puede ser atesorado con fe. Hoy en día, vivimos presionados a producir respuestas rápidas, cuando el alma necesita silencio para madurar. Debemos conservar la disciplina de atesorar. Es decir, conservar lo que Dios te mostró sin forzarlo, sin deformarlo y sin olvidarlo, porque hay verdades que primero se guardan y luego se entienden. Eso también es la fe.

Atesorar no es negar; es confiar. Además, meditar no es rumiar ansiedad, sino ordenar la memoria delante del Señor Jesús. De modo que, aparta unos minutos y recuerda tres “señales” que ocurrieron en este año como una provisión, una corrección o una gracia inesperada. Escríbelas. Ponerlo por escrito fija la gratitud y desarma el olvido. Luego ora con simplicidad: “Señor, lo que no comprendo hoy, lo atesoraré contigo”. Cuando haces esto, la prisa pierde poder y la paz toma espacio. De manera que tu interior se ordena antes de que el calendario cambie. Cuando atesoras con fe, la paz crece, aun antes de poder entender. La Biblia dice en Lucas 2:19: “María atesoraba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”.

Lo que queda después de Navidad

Después del canto vino el camino. La fe verdadera se prueba cuando la celebración termina. María y José regresaron a lo cotidiano llevando al Salvador, y esa es la invitación para ti. Es fácil dejar a Cristo en el pesebre y seguir igual. Entonces, pregúntate hoy: ¿qué cambió en mi vida que Jesús haya venido? Si nada cambia, quizá solo celebraste una fecha y no recibiste al Rey.

La Navidad no es solo emoción; es dirección. Además, si Cristo habita en ti, algo debe reorganizarse como tus palabras, tus prioridades y tu trato con los demás. Así pues, elige una obediencia concreta “post-navideña”. Por ejemplo, reconcíliate, sirve en silencio, comparte con generosidad, perdona con firmeza y busca a alguien que este solo(a). Además, lo que celebras con la boca, confírmalo con la vida. Incluso un gesto sencillo puede convertirse en un testimonio de esperanza, porque la fidelidad cotidiana es el lenguaje más creíble. De modo que Cristo no sea un evento en tu calendario, sino el centro de tu andar. La Biblia dice en Colosenses 3:17: “Y todo lo que hacéis… hacedlo en el nombre del Señor Jesús…”. (RV1960).

Dios se hizo alcanzable

Hoy celebramos un milagro que no se desgasta: Dios se hizo alcanzable. El Eterno se dejó envolver, cargar y cuidar. El mundo sigue buscando grandeza donde no hay vida; el Señor Jesús vino en humildad para rescatar, no para impresionar. De modo que en esta Navidad recibe el regalo verdadero con asombro y gratitud: Dios con nosotros. No es una idea; es una presencia viva.

Cristo no vino solo a visitarnos, sino a quedarse. Abre tu corazón a Su presencia: la que perdona, la que restaura, la que guía y sostiene. Si hay culpa, tráela; si hay cansancio, entrégalo; si hay esperanza, ofrécela en adoración. La gracia no se compra ni se merece: se recibe con manos vacías. Y cuando recibes a Cristo, recibes vida nueva, dirección y consuelo real. Él no te promete una vida sin luchas, pero sí una vida sostenida por Su amor.

Celebra hoy con reverencia y gozo: la luz ha entrado en la historia y no se apagará. ¡Feliz Navidad! La Biblia dice en Lucas 2:11: “Os ha nacido hoy… un Salvador, que es Cristo el Señor”. (RV1960).

La noche donde Dios no se quedó lejos

La Nochebuena nos recuerda que Dios no se quedó lejos. Mientras la tierra estaba oscura, el cielo descendió. Dios no envió una idea ni una explicación, sino a Su Hijo. Eligió nacer de noche, porque es allí donde más necesitamos luz. En esta víspera sagrada, permite que el pesebre predique más fuerte que tus temores. Si el cielo se acercó a un establo, también puede acercarse a tu sala, a tu cama, a tu mente.

Las noches representan incertidumbre, cansancio y cargas invisibles. Además, suelen revelar en qué apoyamos el alma cuando no vemos. Así pues, trae tu noche al Señor Jesús: tu preocupación por la familia, tu ansiedad por el futuro, tu duelo silencioso, tu lucha secreta. Él nació para acompañarte, no solo para salvarte “desde lejos”. Incluso si hoy no puedes cambiar tu circunstancia, sí puedes cambiar tu postura: rendirte y descansar. Esa rendición es una forma de adoración.Guarda un momento de silencio y adora: el Emanuel ha venido. La Biblia dice en Isaías 9:2: “El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz…”. (RV1960).

Hacer espacio para lo eterno

No fue que no hubiera lugar en Belén; fue que nadie hizo espacio. Dios no se ausenta por falta de poder, sino por falta de disponibilidad. Aún hoy llenamos la vida de prisa, ruido y preocupaciones que desplazan lo eterno. De modo que hoy pregúntate con honestidad: ¿qué está ocupando el lugar que solo Cristo debería habitar? El corazón siempre adora algo; la pregunta es a quién le estás cediendo el centro.

Hacer espacio para Dios no es añadir otra actividad; es reordenar el corazón. Implica soltar lo que compite con Su presencia como el control excesivo, la comparación constante o el miedo al mañana. Así pues, elige un gesto concreto. Es decir, apaga la pantalla unos minutos, respira, abre la Biblia y di: “Señor Jesús, aquí hay lugar para Ti”. Luego escucha. A veces, la respuesta de Dios llega como convicción suave y como paz firme.

La Navidad comienza de nuevo donde Cristo es recibido.
La Biblia dice en Juan 1:12: “A todos los que le recibieron… les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”. (RV1960).

Cuando Dios desordena tus planes

Pocas cosas incomodan tanto como un plan interrumpido. La Navidad comenzó con una agenda rota y un camino redirigido. José tenía proyectos sencillos, pero Dios lo llamó a custodiar un milagro. Lo que parecía desorden era, en realidad, una asignación sagrada. De modo que hoy mira tus interrupciones con discernimiento: tal vez no te están deteniendo, te están guiando. A veces, la puerta que se cierra es la misericordia que te protege.

José obedeció sin escenario y sin aplausos. Además, su obediencia silenciosa sostuvo el plan redentor. Cuando Dios desordene tu ruta, resiste la tentación de controlar y elige confiar. Pregunta: “Señor, ¿qué propósito estás revelando en este cambio?”. ¿Qué debo aprender, qué debo soltar, a quién debo amar mejor? A veces, Dios quita una ruta cómoda para darte una misión que te forma, te humilla y te alinea.

Si el Señor cambia tu camino, también proveerá para recorrerlo. Camina paso a paso, y verás provisiones donde antes solo veías incertidumbre. Dios suele revelar el siguiente paso, no todo el camino.
La Biblia dice en Proverbios 3:5–6: “Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas”. (RV1960).