Las promesas humanas tienen fecha de vencimiento; las de Dios no. Lo que Él dice permanece en pie aunque pasen generaciones. Israel esperó siglos por el Mesías, y en ese tiempo muchos confundieron el silencio con olvido. El silencio nunca fue abandono; fue preparación. De modo que hoy recuerdes que la fidelidad de Dios no se acelera por la prisa ni se cancela por la demora. Aun cuando tú sientas que vas tarde, Dios sigue a tiempo.
La Navidad lo prueba: “el Señor Jesús nació cuando el cansancio era colectivo y la esperanza parecía frágil”. Además, Dios no necesitó condiciones ideales para cumplir; cumplió porque es fiel. Así pues, trae a tu memoria una promesa bíblica que has guardado “para después” y ora con sencillez: “Señor, sostén mi fe mientras espero”. Si hoy estás en una estación de espera, no te avergüences. La espera puede ser el lugar donde Dios purifica tu deseo y fortalece tu carácter.
Haz un acto de fe. Obedece en algo pequeño mientras esperas lo grande. Esa obediencia mantiene tu corazón despierto. La Palabra no falla; el corazón aprende a confiar. La Biblia dice en 2 Corintios 1:20: “Porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén…”. (RV1960).