La esperanza cristiana no termina el 25 de diciembre. Cristo vino para quedarse, no para pasar como si nada. Sin embargo, muchas personas viven con una esperanza temporal. Es decir, cantan en diciembre y se inquietan en enero. Hoy cultiva una esperanza constante, sostenida por la fidelidad de Dios y no por el ánimo del momento. La esperanza no es negación; es un ancla y una decisión diaria.
Además, la esperanza se alimenta con hábitos sencillos como una oración diaria, una gratitud consciente y una obediencia humilde. Así pues, cuando sientas que el corazón se te apaga, vuelve a la siguiente verdad: el mismo Señor Jesús que nació en Belén sigue reinando y sigue obrando hoy en día. Su luz no depende de tus circunstancias; depende de Su carácter. Por tanto, reemplaza el “¿y si sale mal?” por “aunque no entienda, Dios es bueno”.
Recuerda que la esperanza madura no niega el dolor; lo atraviesa con fe, y durante ese proceso, el Señor forma nuestra paciencia, carácter y compasión. De modo que, no apagues la esperanza cuando se apaguen las luces; enciéndela con fe cada mañana. La Biblia dice en Romanos 5:5: “La esperanza no avergüenza…”. (RV1960).