Vivimos en una cultura que premia la rapidez, pero Dios forma el carácter en la calma. Muchas decisiones se toman desde la presión, el miedo o la urgencia, y luego se cargan con consecuencias innecesarias. Por eso, decidir con calma no es postergar por inseguridad; es honrar el proceso que Dios usa para traer claridad y dirección.
La calma crea espacio para escuchar. Cuando el corazón se aquieta, la voluntad se ordena y la sabiduría encuentra lugar. El Señor Jesús nunca decidió desde la ansiedad; buscó al Padre, oró y obedeció con firmeza. Ese patrón sigue siendo válido hoy. Así que, no toda decisión necesita resolverse de inmediato, pero toda decisión necesita ser presentada delante de Dios con sinceridad.
Si enfrentas una decisión importante, resiste la prisa. Ora con honestidad, revisa tus motivos, consulta la Palabra y busca consejo sabio. De este modo, la calma no retrasa el propósito; lo protege. Decidir desde la paz guarda el corazón, aun cuando el camino sea exigente y requiera valentía. De modo que, decide con calma. La sabiduría camina despacio, pero llega lejos. La Biblia dice en Santiago 1:5: “Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios…”. (RV1960).