La mente es un campo que necesita cuidado constante. Lo que permites entrar, tarde o temprano influye en lo que crees, decides y haces. Por eso, cuidar la mente no es evadir la realidad, sino filtrarla con la verdad de Dios. Una mente saturada se confunde, en cambio, una mente guardada discierne con claridad.
Recuerda que los pensamientos repetidos forman hábitos y los hábitos moldean el carácter. El Señor Jesús enseñó a pensar con verdad, no con temor ni con mentira. Así que, identifica un pensamiento que te drena o te limita y confróntalo con la Palabra. Reemplazar no es negar; es sanar desde la verdad que libera.
Además, practica un cuidado intencional. Es decir, limita lo que te inquieta, afirma lo que edifica y ora cuando la mente se acelera. De este modo, la paz no comienza en las circunstancias, sino en el pensamiento alineado con la verdad de Dios que guarda el corazón aun en medio de la incertidumbre.
Finalmente, guarda tu mente porque allí se define la dirección de tu vida. La Biblia dice en Filipenses 4:8: “Todo lo verdadero, todo lo honesto… en esto pensad”. (RV1960).