La humildad no te hace menos; te coloca en el lugar correcto. Caminar con humildad es reconocer que necesitas a Dios y también a otros para avanzar bien. Por eso, la humildad nos mantiene enseñables y nos libra de la autosuficiencia que, aunque parezca fortaleza, termina agotando el alma.
Dios no exalta la apariencia; Él honra el corazón sincero.
El Señor Jesús vivió con autoridad sin perder la humildad. Nunca se impuso desde el orgullo, ni se escondió detrás del silencio. De modo que, la humildad no apaga la voz, al contrario, la afina. Nos permite escuchar antes de responder, aprender sin resistir y corregir el rumbo sin miedo; porque un corazón humilde reconoce límites y descansa en la gracia.
De modo que, examina tu actitud interior y pregúntate: ¿Hay espacios donde te cuesta pedir ayuda?, ¿momentos donde prefieres tener la razón antes que cuidar la relación? Así que, presenta eso delante de Dios con honestidad. La humildad abre espacio para la paz y prepara el terreno para que Dios obre con libertad y profundidad.
Por eso, camina con humildad. Allí la gracia encuentra lugar. La Biblia dice en Miqueas 6:8: “Y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, amar misericordia, y humillarte ante tu Dios”. (RV1960).