La vida puede llenarse de movimiento sin que realmente veamos lo que importa. Se hacen muchas cosas, se responden muchas demandas y, aun así, el corazón puede pasar por alto lo esencial. Por eso, una de las disciplinas más necesarias en estos días es aprender a mirar con atención.
El Señor Jesús caminaba rodeado de multitudes, pero nunca perdió la capacidad de ver con profundidad. Observaba corazones, entendía necesidades y respondía con intención. No miraba solo lo evidente; percibía lo que otros no notaban. Esa forma de mirar sigue siendo necesaria hoy, porque muchas veces Dios habla en lo cotidiano, en lo aparentemente simple, en aquello que pasa desapercibido cuando vivimos de prisa.
Mirar con atención también implica detenerse interiormente. Un alma apresurada no discierne con facilidad. En cambio, cuando el corazón hace silencio, comienza a reconocer la presencia de Dios en lugares donde antes no la veía. Así que detente y mira con intención. Dios sigue obrando, incluso en lo que parece ordinario. La Biblia dice en Salmos 46:10: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios”. (RV1960).