Suciedad

¿Alguna vez te has sentido sucio? ¿Has querido bañarte, pero te ha tocado esperar para hacerlo? ¿Cómo te has sentido una vez y te has podido quitar la suciedad? Bien ¿verdad? Pero ¿qué de aquellos que son sucios en otras áreas y en otras maneras? Por ejemplo, el dicho que dice: “No me hables bonito si me vas a jugar sucio”. Es decir, la suciedad externa se puede ver, pero la interna solo puede ser vista por Dios. Como dicen por ahí: “Las apariencias engañan”.

La suciedad más grande de la que padece el ser humano se llama, “pecado”. El pecado nos ha ensuciado nuestra manera de pensar, de sentir y de actuar. Sin embargo, hay una solución para la suciedad del ser humano. Se llama la sangre de Cristo Jesús. Así como nos podemos quitar la suciedad externa por más pegada que este a nuestro cuerpo, también podemos limpiar lo sucio que hay en nuestros pensamientos y en nuestros corazones con la sangre de Cristo.

Jesús promete limpiar todos nuestros pecados, transformar nuestras vidas, lavarnos con Su sangre preciosa y mantenernos cerca de Él. Solo nos pide que le demos nuestro corazón. Él desea limpiar lo que parece tan sucio y que no tiene solución. La Biblia dice en Isaías 1:18, “»Vengan ahora. Vamos a resolver este asunto —dice el Señor—. Aunque sus pecados sean como la escarlata, yo los haré tan blancos como la nieve. Aunque sean rojos como el carmesí, yo los haré tan blancos como la lana” (NTV).

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