Mansedumbre

“Manso pero no menso”, esa es la expresión que usamos cuando nos referimos a tener siempre una buena actitud hacia otras personas sin que estas tomen ventaja de nosotros. La mansedumbre es una cualidad de la cual se carece mucho hoy en día. En su más simple definición, la mansedumbre es la “docilidad y suavidad que se muestra en el carácter o se manifiesta en el trato” (RAE). Quilón de Esparta dijo: “El que prefiera ser amado que temido, ejerza el poder con mansedumbre”. Una persona mansa emana confianza y expresa fácilmente la amabilidad.

La mansedumbre se manifiesta mucho a través de nuestras palabras y desemboca en nuestras acciones porque cuesta más responder con gracia y mansedumbre que callar con desprecio. La mansedumbre no es debilidad, es poder y es un don de Dios. Una vez escuché la siguiente frase: “La humildad no es cobardía, la mansedumbre no es debilidad, la humildad y la mansedumbre son de hecho poderes espirituales”. Estoy sumamente de acuerdo con esto porque los antónimos de la mansedumbre son la ira y la arrogancia.

Así que hazte las siguientes preguntas: ¿Soy una persona mansa? ¿Respondo con mansedumbre hacia otras personas? ¿Cultivo la mansedumbre en mi vida diaria? La Biblia dice en Efesios 4:2, “2 con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor” (RV1960).

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