Cuando era niño mis padres me llevaron al Conservatorio Musical en mi ciudad natal, Ibagué -Colombia. Allí incursioné en el mundo de la música desde muy temprana edad. Solo al entrar, escuchaba el sonido de los múltiples instrumentos que solían tocar los estudiantes en los pasillos y literalmente donde se pudieran acomodar. Unas veces sonaba una melodía muy acogedora, pero en otras ocasiones, parecía ser un estruendoso ruido.
Recuerdo en particular un día cuando un profesor frustrado le gritaba a su estudiante: “Agárrale el ritmo”. Sus expresiones de frustración eran evidentes. Parecía que este muchacho no podía agarrarle el ritmo a la pieza musical que estaba practicando. Yo me puse a pensar: “Si no logra agarrar el ritmo ahora, creo que será difícil que sea un buen músico porque parte de la esencia musical es poder agarrar el ritmo”. Pero ¿qué nos pasa cuando no le agarramos el ritmo a la vida? ¿Hay alguien que nos grite en voz alta que lo agarremos o solemos ignorarlo?
Desafortunadamente cuando no le agarramos el ritmo a la vida seguimos como si lo tuviéramos. Entonces, detente a pensar si todo lo que haces tiene sentido, si es relevante, si va de acuerdo a tu propósito y si va en línea con tus convicciones. ¡Agarra el ritmo! No te quedes atrás.
La Biblia dice en 1 Juan 2:17, “El mundo se acaba con sus malos deseos, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre”, (NVI).