Hay cargas que Dios nunca te pidió que llevaras. Por ejemplo, responsabilidades ajenas asumidas por culpa, situaciones que no dependen de ti pero que has adoptado como propias y expectativas que nunca fueron tuyas. El Señor Jesús invitó a los cansados y cargados, no para que se esforzaran más, sino para que descansaran en Él.
En 1845, el explorador John Franklin partió con dos barcos y ciento veintinueve hombres hacia el Ártico canadiense en busca del paso del Noroeste, pero nadie regresó. Los registros hallados décadas después revelaron algo inesperado: muchos de los hombres murieron transportando objetos completamente inútiles para sobrevivir, platos de plata, libros, botones de plata. Llevaban el peso de su mundo anterior cuando lo que necesitaban era soltar todo lo que no ayudaba a seguir adelante.
De modo que hoy, pregúntate con honestidad: ¿Qué estás cargando que no te pertenece o que ya no sirve al camino? Nómbralo delante de Dios y entrégalo sin condiciones. El alma que aprende esa distinción camina más ligera, sirve con más gozo y dura más tiempo en el camino. La Biblia dice en 1 Pedro 5:7: “Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros”. (RV1960).