Cuando no ves el fruto

Hay temporadas donde se trabaja, se ora, se sirve y no se ve el resultado visible. Eso desanima y el desánimo, si no se lleva a Dios, puede convertirse en duda; y la duda, sin atención, en abandono silencioso.

En 1722, el conde Nikolaus von Zinzendorf acogió en su hacienda a un pequeño grupo de refugiados moravos perseguidos por su fe. En agosto de 1727 experimentaron un avivamiento profundo que los llevó a iniciar una vigilia de oración que tuvo repercusiones durante más de cien años consecutivos. De esa comunidad de apenas trescientas personas salieron más misioneros que de cualquier otra denominación protestante del siglo XVIII. El fruto tardó en ser visible, pero fue real y duradero.

De modo que, no juzgues lo que Dios está formando por lo que puedes ver hoy. Los árboles más sólidos son los que tardan más en mostrar su altura. El fruto que dura suele ser el que más tiempo tomó en madurar. Sigue sembrando con fidelidad.

La Biblia dice en Gálatas 6:9: “No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos”. (RV1960).

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