Lo que no puedes controlar

El 15 de julio de 1815, Napoleón Bonaparte se rindió al capitán Frederick Maitland tras su derrota definitiva en Waterloo. El hombre que había dominado la mayor parte de Europa durante quince años terminó sus días exiliado en la remota isla de Santa Elena. Sus secretarios personales documentaron que lo que más lo destruía no era la soledad del exilio, sino la pérdida del control. El control había sido su dios, y perderlo, resultó más devastador que cualquier derrota militar.

El control es una ilusión que reconforta mientras dura. Cuando se pierde, y siempre se pierde en algún punto, el alma que no ha aprendido a confiar queda desamparada. Pero quien ha practicado la entrega a Dios encuentra en esos momentos no el vacío del control perdido, sino la firmeza de la soberanía divina que no falla.

De modo que, no todas las variables te corresponden gestionarlas. Algunas pertenecen a Dios desde antes de que llegaras a ellas. Suéltalas con paz, porque allí donde el control termina, la fe empieza. La Biblia dice en Salmos 46:10: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios”. (RV1960).

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