Cuando finalmente rescataron al último de los treinta y tres mineros chilenos en octubre de 2010, después de sesenta y nueve días bajo tierra, el mundo entero observó en vivo el momento exacto en que cada uno volvió a ver la luz del sol. La espera había sido larga, pero el final llegó con una claridad inolvidable.
Toda tormenta prolongada tiene un final, aunque el tiempo de espera parezca interminable mientras se atraviesa. El Señor Jesús prometió que el llanto puede durar una noche entera, pero la alegría siempre llega con la mañana. Ningún proceso doloroso que Dios permite carece de un desenlace planeado.
Quizá sientes que tu propia espera ya se ha prolongado demasiado. Sostente un poco más; Dios no ha olvidado la fecha de tu propio rescate, aunque la oscuridad actual dificulte verla con claridad.
Después de la noche más larga, llega la mañana.
La Biblia dice en Salmos 30:5: “Porque un momento será su ira, pero su favor dura toda la vida. Por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría”. (RV1960).