El baobab africano puede vivir más de mil años en algunas de las tierras más secas del planeta. Cuando llega la sequía y no cae una gota en meses, el árbol no muere, porque sus raíces almacenaron el agua de las lluvias anteriores y ahora la liberan poco a poco, tronco adentro, hasta que el cielo vuelve a abrirse. Nada de lo que lo sostiene ocurre a la vista.
Septiembre suele llegar cargado de comienzos: de escuela, de rutinas, de propósitos que se renuevan con el cambio de estación. Antes de pensar en lo que se construirá hacia arriba este mes, conviene preguntarnos de qué raíz estamos sosteniéndonos. El Señor Jesús no exigió a Sus discípulos un fruto inmediato. Primero los arraigó en Su presencia, en Su Palabra, en una relación sostenida día tras día. Sin esa raíz, lo demás es fachada.
Este mes hablará de herencia, de identidad, de lo que se recibe de quienes vinieron antes. Pero todo empieza en una pregunta sencilla: ¿de qué agua vives hoy? Si la raíz está firme en Cristo, ninguna sequía tiene la última palabra. La Biblia dice en Colosenses 2:6-7: “Andad en él; arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe”. (RV1960).