Un Lugar Secreto

Los recuerdos de la infancia me remontan a un pequeño pueblo donde residían mis abuelos paternos rumbo a la zona cafetera de mi amado país Colombia. Era allí es ese pueblo donde nos llevaban nuestros padres a mi hermana mayor y a mí a pasar las vacaciones de fin de año. Uno de los juegos que más nos gustaba jugar como todo niño era a las escondidas. Como el lugar tenía un patio amplio con muchos árboles y vegetación, escogíamos y cambiábamos de lugar secreto constantemente. Mi lugar secreto era esconderme detrás de la cochera de los cerdos de mi abuelo rumbo a un precipicio o subirme a alguno de los árboles de mandarina, naranja. También solía infiltrarme en los cafetales. Mi hermana era un poco más convencional y escogía sitios más cercanos a la casa donde la podía hallar fácilmente.

Esta anécdota de la infancia me puso a pensar en los lugares secretos que tenemos albergados en nuestra alma y en nuestro corazón. Allí, en lo más recóndito de nuestro ser nos escondemos para no ser encontrados fácilmente. Nos sentimos protegidos al subirnos al mismo árbol o al hacernos detrás de sentimientos, acciones y actitudes que sirven como escondites diarios en nuestro proceder. Sin embargo, aunque nos queramos esconder de todos, no nos podemos esconder de Dios. Él está en todo momento y en todo lugar. Así que no intentes esconderte de Dios. Ese juego no funciona con Él. La Biblia dice en Salmos 139:7 , “¡Jamás podría escaparme de tu Espíritu¡ ¡Jamás podría huir de tu presencia!”, (NTV).

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