Confesión

El admitir que hemos hecho algo mal es algo difícil para todos nosotros. No se nos hace fácil confesar nuestras faltas y nuestras luchas con Dios y con los que están alrededor nuestro. Sin embargo, una vida que practica la disciplina de la confesión, es transportada hacia el arrepentimiento y hacia la pureza. Como dice una frase: “La humillación de uno humilla a otros”. La confesión se convierte en la más desarmada ternura y en el más fuerte de los poderes del ser humano. En otras palabras, la autoridad de una persona no radica en lo invulnerable que suela parecer, sino que en la vulnerabilidad radica su fortaleza.

La confesión habilita un crecimiento emocional y espiritual en nuestro diario vivir. La confesión nos acerca al trono de la gracia de Dios y nos abre la puerta para recibir Su perdón. La confesión nos libera, nos quita la culpabilidad, nos enseña en nuestras dificultades y nos ayuda a ser cada vez mejores.

De modo que, practiquemos la confesión todos los días. Comencemos por confesar nuestras faltas a Dios, nuestros errores unos a otros y experimentaremos el gozo que viene al practicar esta disciplina espiritual. La Biblia dice en 1 Juan 1:9, “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (RV1960).

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