Confesión

“Te confieso que me es muy difícil confesar mis faltas”, fue lo que me dijo una de las personas al llegar a consejería. Añadió lo siguiente: “Cuando quiero confesar mis errores y pedir perdón, se me hace un nudo en la lengua, no pienso bien y parece que siempre tengo una excusa”. A lo que yo le dije: “Yo también experimento lo mismo”, porque no es fácil confesar nuestros errores a nadie en ninguna circunstancia. No estamos diseñados para confesar, sino para guardar todas nuestras faltas en lo más profundo de nuestro ser. Sin embargo, la confesión es una práctica espiritual muy necesaria.

Es la única práctica que requiere de involucrar a otros en nuestras vidas. La confesión tiene que ser llevada a cabo en el contexto de la comunidad. Primero, en nuestra comunión con Dios y luego en nuestra comunión con los demás. La palabra comunión es tener algo en común. Es presentarnos ante otras personas reconociendo nuestras faltas y enfrentando las consecuencias de nuestros errores. La confesión es liberadora porque habilita el perdón, la restauración y la vindicación.

El confesar nuestros pecados a Dios nos da libertad y nos da autoridad ante las otras personas. Muestra que en nuestra debilidad radica nuestra fortaleza. Dios desea que confesemos nuestros pecados a Él para hacernos completamente libres y otorgarnos la paz que tanto necesitamos. ¿Estas listo(a) para confesar tus faltas delante de Él? La Biblia dice en Proverbios 28:13, “Los que encubren sus pecados no prosperarán, pero si los confiesan y los abandonan, recibirán misericordia” (NTV).

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