Antes de que Galileo apuntara su telescopio al cielo en 1610, las lunas de Júpiter existían. Nadie las veía, pero estaban ahí. La realidad no depende de nuestra capacidad de percibirla.
Hay obras de Dios que aún no alcanzan a verse, pero eso no las hace menos reales. La fe bíblica no es creer en lo que ya se ve; es confiar en quien controla lo que todavía no aparece. El corazón que exige evidencia antes de confiar no camina por fe; hace cálculos. La fe genuina descansa en el carácter de Dios, no en la evidencia inmediata.
Confía hoy en lo que aún no puedes ver. Dios ya lo sostiene.
La Biblia dice en Hebreos 11:1: “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”. (RV1960).