Lo que permanece

Una vela se apaga con el viento. Una brasa bien cubierta puede mantenerse encendida durante horas. La diferencia no está en la intensidad inicial, sino en la profundidad con que arde.

La fe que se sostiene no es necesariamente la más llamativa, sino la más anclada. El Señor Jesús no llamó a sus discípulos a una emoción prolongada, sino a una permanencia constante. “Permaneced en mí”, les dijo. Esa permanencia es la condición del fruto real. Lo que permanece en lo ordinario es lo que se mostrará firme en lo extraordinario.

Cuida la brasa más que la llama. Lo que arde despacio, dura.

La Biblia dice en Juan 15:5: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer”. (RV1960).

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