El árbol que enfrenta viento constantemente desarrolla madera más densa en su núcleo, pero no se vuelve rígido. Se fortalece sin perder la capacidad de doblarse. Cuando la rigidez reemplaza la fortaleza, algo se ha perdido.
El creyente que atraviesa pruebas largas corre un riesgo silencioso al tratar de mantener la conducta externa, pero endurecer el corazón interior. Seguir cumpliendo, pero con el resentimiento acumulado o avanzar, pero sin ternura, ni esperanza. El Señor Jesús perseveró hasta el final sin perder la compasión. En la cruz, con todo en contra, intercedió por quienes lo crucificaban. Mostró firmeza sin amargura y resistencia sin endurecimiento. Por eso, cuida el corazón mientras perseveras. Ambas cosas importan. La Biblia dice en Hebreos 3:13: “Antes exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado”. (RV1960).