Los fuegos artificiales producen una luz impresionante, pero duran segundos. El sol produce una luz más silenciosa, pero sostiene toda la vida en la tierra. La diferencia no está en la intensidad visible, sino en la permanencia.
El Señor Jesús fue explícito con sus discípulos. No los eligió para que produjeran espectáculo, sino para que llevaran fruto que permanezca. Esa clase de fruto no se mide por la reacción inmediata del entorno, sino por lo que queda cuando el momento pasa. La pregunta que vale hacerse no es ¿cuánto impacto generé hoy? sino ¿qué queda después de lo que hice? Recuerda que el fruto que permanece nace de una vida conectada a Cristo, no de una estrategia de visibilidad. Por eso, apunta a lo que dura, no solo a lo que impresiona. La Biblia dice en Juan 15:16: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca”. (RV1960).