Hay una diferencia entre el dolor que destruye y el dolor que forma. El primero viene del enemigo del alma; el segundo, de la mano de un Dios que no desperdicia ninguna experiencia en la vida de quienes lo aman.
El apóstol Pablo fue convertido cerca del año 34 d.C. en el camino a Damasco. Pero antes de comenzar su ministerio público, pasó varios años en silencio: en Arabia, en Tarso, lejos del escenario. Un hombre con su educación y su celo podría haber predicado de inmediato. No obstante, Dios eligió formarlo antes de enviarlo. Ese período de espera dolorosa y aparente invisibilidad produjo las cartas que han moldeado la teología cristiana durante veinte siglos.
Así que, el dolor que hoy no entiendes puede ser la mano de Dios obrando en lo profundo. No todo lo que duele te destruye; hay cosas que definen. La tribulación produce paciencia, la paciencia produce carácter y el carácter produce esperanza. Por eso, confía en el proceso aunque aún no puedas explicarlo. La Biblia dice en Romanos 5:3–4: “La tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza”. (RV1960).