El cansancio que se confiesa

Hay un cansancio que no se resuelve con dormir más. Es un cansancio del alma que nace de cargar peso en silencio, de funcionar cuando no hay fuerzas, de sonreír hacia afuera mientras por dentro el corazón se va vaciando.

El profeta Elías, después de la victoria en el monte Carmelo, una de las mayores confrontaciones espirituales del Antiguo Testamento, colapsó bajo un árbol en el desierto y le pidió a Dios morir. No era ingratitud ni apostasía; era agotamiento humano real después de un gasto enorme. La respuesta de Dios no fue un sermón. Fue pan recién horneado, agua fresca y una instrucción de descansar más. Primero atendió el cuerpo y después habló al alma. No lo reprendió, al contrario, lo sostuvo.

Dios no se incomoda con tu cansancio. Lo que no recibe bien es que lo escondas y lo disfraces de fortaleza espiritual. El cansancio confesado delante de Dios abre camino para la renovación real. Tráelo a Él tal como está y sin adornarlo. La Biblia dice en Mateo 11:28: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”. (RV1960).

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