En mayo de 1940, Winston Churchill asumió como primer ministro de Gran Bretaña en el peor momento posible. Francia estaba a punto de caer, el ejército británico estaba atrapado y la mayoría del gabinete recomendaba abrir negociaciones con Hitler. Sin embargo, Churchill se negó en términos absolutos. No porque los números le favorecieran, sino porque su esperanza no se fundaba en los números. Años después afirmaría: “El éxito no es definitivo, el fracaso no es fatal; lo que cuenta es el valor de continuar”.
La esperanza bíblica no es optimismo fundado en probabilidades favorables; es convicción arraigada en el carácter inquebrantable de Dios. El que prometió es fiel, y eso no depende del estado del mundo, ni del estado de nuestras circunstancias. La esperanza que viene de Dios no defrauda, no porque todo salga bien, sino porque Él está presente en todo.
Por eso, renueva hoy tu esperanza. No en los resultados; en Él quien no cambia aunque todo alrededor se mueva.
La Biblia dice en Romanos 5:5: “La esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones”. (RV1960).