Hablar menos, pesar más

En julio de 1741, el predicador Jonathan Edwards subió al púlpito de la iglesia que pastoreaba en Enfield, Connecticut. Lo que muchos no saben es que Edwards no declamó ni gesticuló; leyó su sermón en voz baja, casi en susurro, con los ojos sobre el papel y sin levantar la vista a la congregación. Sin embargo, el impacto fue tan profundo que personas en los bancos se aferraban a las columnas. Las palabras que nacen de una comunión real con Dios no necesitan volumen para pesar.

El Señor Jesús hablaba con autoridad, no con estridencia. Sus palabras pesaban porque venían de quien era y de lo que vivía. Por eso, hay una diferencia entre hablar mucho y hablar con peso. Las palabras que nacen de la meditación honesta en la Palabra y del tiempo genuino con Dios llegan de manera diferente; tienen una densidad que no se imita.

Antes de hablar hoy, pregúntate: ¿De dónde viene lo que estoy a punto de decir? Recuerda que las palabras formadas en la quietud tienen una autoridad que las improvisadas no pueden igualar.

La Biblia dice en Proverbios 10:19: “En las muchas palabras no falta pecado; mas el que refrena sus labios es prudente”. (RV1960).

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