Hay cosas que un abuelo deja sin escribir un solo documento. No aparecen en ningún testamento porque no son propiedades ni cuentas bancarias: la manera de orar antes de comer, una frase repetida tantas veces que ya es de familia, el modo particular de recibir una mala noticia sin desesperarse. Nadie firma nada, y sin embargo se hereda igual, casi sin notarse.
El salmista, ya entrado en años, no pedía a Dios más fuerza para sí, sino tiempo suficiente para anunciar Su poder a la generación siguiente. Sabía que la vejez no era el final de su utilidad, sino quizá su etapa más importante: la de transmitir lo aprendido a punta de años vividos.
En una cultura que a veces aparta a los mayores por considerarlos ya no productivos, algo se pierde con esa distancia, aunque cueste nombrarlo. Los abuelos no siempre enseñan con discursos; enseñan con la forma en que envejecen, con lo que sostienen aun cuando el cuerpo ya no acompaña como antes.
¿Qué heredaste tú sin que nadie te lo explicara? Y más importante: ¿qué estás dejando tú, sin darte cuenta, en quienes te observan?
La Biblia dice en Salmos 71:18: “Y aun hasta la vejez y las canas; oh Dios, no me desampares, hasta que anuncie tu poder a la posteridad”. (RV1960).