Un pasaporte identifica un país. Un apellido identifica una familia. Un acento identifica una región. La identidad humana está llena de marcadores que cambian según el mapa. Por ejemplo, lo que en un país te hace local, en otro te hace extranjero, y lo que aquí es motivo de orgullo, allá puede pasar completamente desapercibido.
Por eso resulta curioso, y a la vez profundamente estable, que la Escritura describa a quien está en Cristo con un lenguaje distinto: ya no eres extranjero, ni advenedizo, sino conciudadano de los santos y miembro de la familia de Dios. Ese estatus no depende de qué país figure en tu documento ni de qué lado de una frontera te tocó nacer. Es el único pasaporte que ningún gobierno puede revocar ni ninguna guerra puede anular.
Muchos hispanoamericanos conocen bien la experiencia de sentirse de ningún lado: ni completamente de aquí, ni completamente de allá, atrapados entre dos identidades que nunca terminan de encajar del todo. La identidad en Cristo no reemplaza la cultura ni la borra; simplemente le da al alma un lugar donde no hace falta pasaporte para pertenecer.
La Biblia dice en Efesios 2:19: “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios”. (RV1960).