Solitud

¿Te has puesto a pensar en cómo hubiese sido tu vida hace 100 años? Algunos comentan que la vida era mucho más simple porque no habían tantas distracciones. No tendríamos televisión, internet, video juegos, redes sociales y mucho más. En estos momentos nuestra sociedad está experimentando el asolamiento social por causa del posible contagio a través del contacto físico o corporal. Hay personas que se encuentran en cuarentena y otros quienes se encuentran asolados porque están padeciendo del Coronavirus o son prospectos de tenerlo hasta probar lo contrario. 

Sin embargo, la “solitud” puede ser buena aunque no producida por una crisis mundial como esta. No obstante, la solitud nos predispone a tomar un tiempo para detenernos, escuchar la voz de Dios y confiar en Sus promesas. La solitud es simplemente definida como un momento apartado en soledad y libre de distracciones. 

Usemos estos tiempos de distanciamiento social para acercarnos a Dios. Separa un tiempo para estar a solas en Su presencia y tu vida nunca más será igual. La Biblia dice en el Salmo 46:10, “«¡Quédense quietos y sepan que yo soy Dios! Toda nación me honrará. Seré honrado en el mundo entero»” (NTV).

Árbol

Me encantó la siguiente frase que leí acerca de los árboles que dice: “Haz como los árboles: cambian sus hojas y conservan sus raíces. Así que, cambia tus ideas pero conserva tus principios”. ¿Cuáles son tus raíces? ¿Qué es lo que te distingue e identifica? ¿Cuáles son las hojas que deben cambiar en ti sin que cambien tus raíces? La naturaleza, en este caso los árboles, nos enseñan una hermosa lección acerca de los cambios necesarios sin que cambien nuestros principios. 

En nuestros días, hay personas que piensan que no pueden cambiar sin cambiar sus raíces. Sin embargo, la misma naturaleza nos muestra que algunos cambios son necesarios y saludables. Por ejemplo, las hojas de los árboles se caen en el otoño, pero vuelven a surgir en la primavera. ¿Por qué? Porque la raíz, el tronco y algunas de sus ramas aún permanecen. Como dice un proverbio chino: “Los árboles meditan en invierno, gracias a ellos florecen en la primavera, dan sombra y frutos en el verano y se despojan de lo superfluo en el otoño”. ¿Cómo estás pasando cada una de las estaciones de tu vida?

Quizá sea tiempo de meditar, de dar sombra, de producir mucho fruto o de despojarte de lo que realmente es innecesario y tóxico para tu vida. Recuerda que aunque cambien algunas o todas tus hojas, siempre podrás conservar tus raíces. La Biblia dice en el Salmo 1:3,“ Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, Que da su fruto en su tiempo, Y su hoja no cae; Y todo lo que hace, prosperará” (RV1960).

Oscuridad

Hace poco al visitar la selva, recordé lo que se sentía dormir en completa oscuridad al despertarme durante altas horas de la noche. Lo instintivo del ser humano es buscar un poco de luz en medio de la oscuridad, ya que una pequeña luz en medio de un lugar totalmente oscuro, suele brillar de una manera impresionante. Una pequeña lámpara marca la diferencia cuando se está caminando en la oscuridad de la noche. 

Esto me puso a pensar en la luz que irradiamos como hijos de Dios. Nosotros somos esa luz que alumbra desmedidamente en la oscuridad. Somos el punto de referencia para los perdidos. Somos la llama encendida para el que tiene frío. Somos la lámpara en el camino para el desubicado. Somos la esperanza para los ciegos. Somos la guía para los que pueden ver, pero andan desorientados. Somos la esperanza para el que se encuentra caído. Somos la paz para el que está oprimido y la confianza para el que se encuentra entristecido. 

Entonces ¿cómo estás dejando brillar tu luz? ¿estás dejando que otros sigan la luz de Cristo en ti o estás escondiendo el poder de la luz que hay en ti? ¿cómo puedes hacer para que brille aún más? Recuerda que somos la luz en un mundo lleno de oscuridad. La Biblia dice en Mateo 5:15, “Nadie enciende una lámpara y luego la pone debajo de una canasta. En cambio, la coloca en un lugar alto donde ilumina a todos los que están en la casa” (NTV).

Perder Una Batalla, Pero No La Guerra

“Podemos perder algunas batallas, lo que no podemos permitir es que el espíritu de derrota se apodere de nosotros como si la guerra ya estuviese perdida”. En esta vida es necesario perder algunas batallas para poder aprender. Hay que entender que antes de entrar en una batalla debemos creer en el motivo de la lucha. Habrán batallas que no vale la pena pelear y otras que con tenacidad y perseverancia se deben conquistar. 

Evalúa tus batallas y hazte las siguientes preguntas: ¿Vale la pena emprender esta batalla? ¿Cuál es el motivo? ¿Es necesario pelearla o dejarla ir? ¿Cuáles son las personas o relaciones que saldrán afectadas con esta lucha? ¿Qué entrenamiento, experiencia y respaldo tengo para pelear? ¿Cuáles serán todos los costos? ¿Cuál será el beneficio de ganarla o de perderla? Estas son solo algunas preguntas que te ayudarán a emprender o no las batallas en tu vida. 

Dios nos recuerda una y otra vez que cuando estamos en Su voluntad, Él es quien pelea nuestras batallas. La victoria y la gloria seguro que siempre estarán de tu lado, porque le pertenecen a Él. De tal forma que, deja que Él pelee tus batallas, ¿lo dejarás pelear por ti? La Biblia dice en Jeremías 15:20, “Pelearán contra ti como un ejército en ataque, pero yo te haré tan seguro como una pared de bronce fortificada. Ellos no te conquistarán, porque estoy contigo para protegerte y rescatarte. ¡Yo, el Señor, he hablado!” (NTV)

Misericordia

Muchas ciudades tienen al menos un hospital conocido como el hospital de la misericordia, donde nadie es rechazado. La atención médica se brinda independientemente de la capacidad de pago. Esos hospitales tienen piedad, por así decirlo, de todos los que entran por sus puertas.

El cristianismo es como un hospital de misericordia. Venimos a Dios con las manos vacías, incapaces de pagar el costo de perdonar nuestros pecados. Le pedimos a Dios que tenga misericordia de nosotros, y lo hace. Él puede mostrar misericordia porque Su propio Hijo intervino y pagó la cuenta por nosotros.

¡Qué maravilloso es no ser rechazado! La misericordia de Dios cubre todos nuestros pecados, todas nuestras necesidades. Lo mejor es que es abundante y sin costo alguno. Su misericordia se renueva cada mañana. La Biblia dice, “Así que el Señor esperará a que ustedes acudan a él para mostrarles su amor y su compasión. Pues el Señor es un Dios fiel. Benditos son los que esperan su ayuda”, (Isaías 30: 18, NTV)

Donde Quiera Que Vayas

Leí la siguiente frase que me llamó la atención en una sala de espera: “Vayas a donde vayas, no importa el clima, siempre lleva tu luz”. Me impactó porque alude a un principio fundamental para nuestro vivir: “No importa el lugar donde nos encontremos, ni las condiciones que enfrentemos, ni las personas que veamos, siempre podemos llevar con nosotros la luz que irradia todo nuestro ser”. Para los hijos de Dios, dicha luz se encuentra en Cristo. Él alumbra el todo de nuestro ser.

Así que vayamos donde vayamos siempre podemos llevar la luz de Jesús. Dicha luz alumbra mucho más en la oscuridad. La luz de Cristo no se apaga. Es siempre real y eterna. Aunque nosotros la podemos esconder, esa luz irradia todo nuestro ser. De modo que estés donde estés, la luz de Cristo siempre podrá guiarte por caminos oscuros, protegerte y animarte para seguir caminando en el caminar de la fe.

Recuerda que vayas donde vayas siempre llevas a Jesús. La Biblia dice en Génesis 28:15, “15 Además, yo estoy contigo y te protegeré dondequiera que vayas. Llegará el día en que te traeré de regreso a esta tierra. No te dejaré hasta que haya terminado de darte todo lo que te he prometido” (NTV).

En Las Manos Del Alfarero

¿Sabías algo? Dios todavía está escribiendo tu historia. No dejes que se apague tu fe por lo que todavía no has visto. Dios es especialista en tomar piezas de algo quebrado y hacer de ello una obra maestra. Aunque te duela, no te preocupes, es Dios trabajando en ti. Somos barro en las manos del alfarero. Una vez escuché otra frase que dice: “¿Te duele? No te preocupes, es Dios haciéndote de nuevo”.

Muchas veces nuestro Señor Jesús recoge lo que parecen ser escombros y los convierte en una pieza maestra. Por ejemplo, Él sanó al leproso que ya había sido excluido de la sociedad. Él perdonó a una adultera a quien estaban a punto de apedrear diciéndole: “Ve y no peques más”. Él habló con la samaritana la cual se convirtió en una evangelista entrañable. Él levantó al paralítico, le dio vista a los ciegos, liberó al endemoniado, resucitó a Lázaro de la tumba y les dio una oportunidad a Sus discípulos, quienes a los ojos del mundo, no parecían ser muy prometedores.

Dios es experto en hacernos útiles, en darle propósito a nuestras vidas y hacer de nosotros toda una pieza maestra. La Biblia dice en Isaías 64:8, “Y a pesar de todo, oh Señor, eres nuestro Padre; nosotros somos el barro y tú, el alfarero. Todos somos formados por tu mano” (NTV).

Afirmación

Las palabras de afirmación son de mucha importancia. Muchas veces afirmamos lo que es verdadero y también podemos afirmar contraproducentemente lo que es falso. Sin embargo, se ha comprobado que las palabras de afirmación construyen confianza, desarrollan firmeza y habilitan muchas destrezas. La afirmación es como un baluarte o un fundamento sólido sobre el cual se puede construir fácilmente. El ser humano que ha carecido de afirmación, suele ser inseguro, poseer baja autoestima y se le dificulta decidir rápidamente. 

Los psicólogos argumentan que las palabras de afirmación en los niños son vitales para la formación de su identidad. De la misma manera, los adultos necesitamos las palabras de afirmación como un propulsor o motor para seguir adelante, porque como dicen: “Donde la voluntad es grande, las dificultades no pueden ser tan grandes”. 

Por otro lado, el que no es afirmado, no puede afirmar nada de otros, buscará siempre sin hallar lo que busca, dudará con frecuencia y desconfiará de sí mismo. Si no has sido afirmado, recuerda que Dios siempre lo hará a través de Su Hijo Cristo. Él siempre afirmará tu caminar cuando vives para Él. La Biblia dice en Mateo 3:17, “Y una voz dijo desde el cielo: Este es mi Hijo muy amado, quien me da gran gozo” (NTV).

Sin Merecerlo

¿Has experimentado algo sin merecerlo? ¿Has recibido algo sin merecerlo? Por ejemplo, un regalo inesperado, un trato bueno de alguna persona aún cuando nosotros no lo hallamos hecho con ella, una sorpresa, etc. Creo que todos de alguna manera hemos sido recíprocos de algo que no merecíamos. Es más, todos los días recibimos pequeños gestos, algunas cosas y algunas circunstancias sin esperarlo y merecerlo. 

La mayor parte de las veces que recibimos algo sin merecerlo es porque la persona quien lo otorga ama el hacerlo o nos ama a nosotros. El amor es el antídoto del egoísmo. El amor es el propulsor para hacer cosas sin esperar nada a cambio y ofrecer desinteresadamente mucho de nuestro ser para los que están alrededor nuestro. 

Medita en las cosas que tienes o has recibido sin merecerlo y examina como tú puedes hacer lo mismo por los demás. Por ahí alguien dijo que si el ser humano ofreciera de si mismo desinteresadamente, el mundo sería totalmente diferente. La realidad más grande es que Dios nos ha amado con un amor exorbitante y extravagante sin merecerlo. El envío a Su Hijo para vivir una vida perfecta, morir por nuestras faltas y darnos la oportunidad de una vida eterna y en plenitud. Sin merecerlo te amó, te escogió y tiene grandes propósitos para ti. Y tú, ¿cómo respondes a este amor inmerecido?   La Biblia dice en 1 Juan 4:10, “ En esto consiste el amor verdadero: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo como sacrificio para quitar nuestros pecados” (NTV)  

Cambios Personales

Una vez escuché una frase que me puso a pensar que dice: “Una persona cambia por dos razones: Porque aprendió demasiado o porque sufrió lo suficiente”. Creo que este mensaje no está nada descabellado ya que usualmente cambiamos por conocimiento, por decisión propia o por las circunstancias que atravesamos en nuestro diario vivir. Aunque no nos gusten los cambios, la vida misma se encarga de hacernos cambiar voluntaria o involuntariamente. 

Los cambios personales son un ejemplo de esto. Puedes seguir siendo la misma persona de siempre, pero las experiencias, el conocimiento y las situaciones del diario vivir, nos enseñan ricas y gratas lecciones. Es más, Dios desea que poco a poco vayamos cambiando para bien en nuestro crecimiento espiritual. Él desea que pasemos de le inmadurez a la madurez. Él desea que seamos moldeados para ser cada vez mejor y para que hagamos Su voluntad. 

De modo que si batallas con aquello de los cambios, solo piensa que en las manos de Dios todos los cambios obran para bien. Él desea que seas la pieza perfecta que encaja en el diseño y en los grandiosos propósitos que ha trazado para ti. Entonces, ¿dejarás que Él te cambie para bien? La Biblia dice en 2 Corintios 3:18, “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (RV1960).