Aguas profundas

Me encantó la siguiente frase que leí el otro día: “Le pregunté a Dios ¿por qué me estás llevando a aguas profundas? Y Él me contestó: porque tus enemigos no saben nadar”. ¿Has estado mar adentro? ¿Has visto las impetuosas olas del mar en medio de un gran océano? Es más, ¿has nadado mar adentro? Es una experiencia linda, pero a su vez, muy abrumadora.

La verdad es que por más expertos que seamos en aquello de la natación, no saltamos rápidamente a las aguas profundas a no ser que sepamos que podremos ser rescatados. Nuestra vida es así. Usualmente las lecciones más gratas se encuentran en aguas profundas. Se encuentran en medio de un océano de situaciones y circunstancias donde el oleaje parece pegarnos de frente para hundirnos. Sin embargo, es allí en las profundidades donde Dios nos enseña a patalear más fuerte, a fortalecer nuestra mente, a mirar hacia arriba sacando la cabeza para no hundirnos, confiando de que las grandes olas pasarán, pero nosotros permaneceremos.

Es allí donde nadie nos ve y donde nuestros problemas y enemigos no llegarán porque las olas los habrán llevado. Allí donde la fuerza de voluntad se une con la fuerza de espíritu. Allí donde Dios nos levanta, nos lleva de Su mano y no nos deja hundir. La Biblia dice en el Salmo 23:6, “Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa del Señor moraré por largos días” (NTV).

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