Oración Pequeña

No lo dudes: “No existe oración pequeña, ni insignificante, todas ellas llegan delante de Dios”. A veces menospreciamos el poder de la oración cuando ella tiene el extraordinario poder de transformar lo imposible en posible. Al igual que con la fe, no es tanto el tamaño de tu fe, sino en quién la depositas. En el caso de la oración, no tiene que ver con las tantas palabras o lo elaborado del mensaje de la misma, sino con la sencillez y humildad de corazón con la cual se eleve delante de Dios. El salmista David entendió este principio muy bien cuando dijo: “Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Salmo 51:17b).

La madre Teresa de Calcuta dijo: “Debemos amar la oración. La oración dilata el corazón hasta el punto de hacerlo capaz de contener el don que Dios nos da de sí mismo”. La oración es la fuerza del cristiano porque en la debilidad y en la fragilidad de nuestra vida, podemos dirigirnos a Dios con confianza, interceder por otros, clamar por Su ayuda, buscar Su dirección, reclamar Sus promesas, confesar nuestras faltas, confiar en Sus palabras, pedir dirección y esperar en fe en Su respuesta.

De modo que no hay oración pequeña ni insignificante delante de Dios. Así como el publicano profesó y dijo: “ Señor, perdóname”, Dios desea escuchar nuestras simples y profundas oraciones. La Biblia dice en el Salmo 4:1, “Respóndeme cuando clamo, oh Dios de mi justicia. Cuando estaba en angustia, tú me hiciste ensanchar; Ten misericordia de mí, y oye mi oración” (NTV).

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