En el año 1883, un joven arquitecto llamado Antoni Gaudí asumió la construcción de un templo apenas comenzado en Barcelona conocido como la Sagrada Familia. Cuando le preguntaban por qué avanzaba tan despacio, respondía siempre lo mismo: “Mi cliente no tiene prisa”. No hablaba del promotor de la obra, sino de Dios. Desde el principio, Gaudí sabía que jamás vería terminado lo que estaba construyendo.
Finalmente murió en el año 1926, atropellado por un tranvía, habiendo visto completa apenas una fachada. Durante el siglo siguiente, arquitectos que él nunca conoció continuaron el plano piedra sobre piedra, guiados por los bocetos que él dejó. Apenas este año, cien después de su muerte, se terminó la torre central que corona el templo entero.
Gaudí no vivió para ver su obra más grande y aun así trabajó con la misma minuciosidad como si fuera a inaugurarla al día siguiente. Esa es la siembra que Dios honra, la que se entrega por completo a un fruto que otra generación recogerá.
El apóstol Pablo lo dijo de otra forma: unos plantan, otros riegan y es Dios quien da el crecimiento. Ninguna siembra fiel se pierde, aunque el sembrador nunca vea la cosecha entera.
La Biblia dice en Salmos 78:4-6: “No las encubriremos a sus hijos, contando a la generación venidera las alabanzas de Jehová… para que lo sepa la generación venidera”. (RV1960).