Nadie hubiera culpado a Rut por regresar a su tierra. Había perdido a su esposo, no tenía hijos y su suegra Noemí, viuda también, le insistió en que volviera con los suyos, a un pueblo con otro dios y otras costumbres, donde al menos podría rehacer su vida. No era la opción razonable. Sin embargo, Rut escogió algo distinto al decir: “Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios”.
Esa decisión no vino de la sangre, ni de la costumbre. Rut no nació dentro del pueblo de Israel ni de la fe de Noemí; los adoptó por elección, cuando nadie la habría juzgado por marcharse. Esa elección terminó ubicándola, sin que ella lo supiera, en la genealogía del rey David y, más adelante, en la del Señor Jesús.
Es así como la herencia espiritual no siempre llega por nacimiento. A veces llega porque alguien, en medio de la pérdida, decide aferrarse a lo que vio sostener a otra persona. Quizás tú tampoco naciste en una familia de fe, y aun así hoy puedes elegir lo que Rut eligió: que ese Dios que sostuvo a otros sea también el tuyo.
La Biblia dice en Rut 1:16: “Porque a dondequiera que tú fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios mi Dios”. (RV1960).