En 1917, un joven llamado William Cameron Townsend llegó a Guatemala con una misión sencilla: vender Biblias en español entre los pueblos del interior. Pronto descubrió algo que cambiaría el rumbo de su vida entera. El pueblo cakchiquel, con quien convivía, no hablaba español; tenía su propio idioma, sin una sola página de la Escritura traducida a él. Uno de ellos le preguntó, sin rodeos, por qué su Dios no había aprendido su lengua.
Townsend dejó de vender libros que nadie podía leer y se dedicó, durante más de una década, a aprender el cakchiquel, crear su alfabeto y traducir el Nuevo Testamento palabra por palabra. Ese trabajo silencioso, hecho en una aldea que el mundo no conocía, terminó dando origen a una organización que hoy ha ayudado a traducir la Biblia a cientos de idiomas alrededor del planeta.
Es fácil dar por sentado tener la Palabra en el propio idioma. Alguien, en algún momento, tuvo que aprenderlo primero para que tú pudieras leerla sin esfuerzo. La fe no llega en abstracto; llega en una lengua concreta, a través de alguien dispuesto a aprenderla.
La Biblia dice en 1 Corintios 14:9: “Así también vosotros, si por la lengua no diereis palabra bien comprensible, ¿cómo se entenderá lo que se dice?”. (RV1960).