Sed de leer

A los tres años, una niña llamada Juana Inés siguió a su hermana mayor hasta la escuela y le rogó a la maestra que le enseñara a leer. No tenía edad para eso, pero insistió tanto que la dejaron quedarse. Años después, en la biblioteca de su abuelo, en la Nueva España del siglo diecisiete, devoraba cuanto libro encontraba, sin que nadie tuviera que empujarla.

Esa niña se convertiría en Sor Juana Inés de la Cruz, autodidacta casi por completo, una de las mentes más lúcidas de su tiempo, capaz de escribir con soltura sobre teología, filosofía o poesía. Nadie le regaló ese conocimiento; ella lo persiguió, libro tras libro, con una disciplina poco común en una época que no esperaba eso de una mujer.

El hambre por conocer la verdad no siempre viene de afuera; a veces hay que cultivarla uno mismo, con la misma insistencia con que esa niña pedía que le enseñaran las letras.

Pocas veces perseguimos la Palabra con esa misma sed de niña. Pero la sabiduría no se le impone a nadie: se le entrega a quien de verdad la busca.

La Biblia dice en Proverbios 2:4-5: “Si como a la plata la buscares, y la escudriñares como a tesoros, entonces entenderás el temor de Jehová”. (RV1960).

Leave a comment