Welles Crowther trabajaba en el piso 104 de la Torre Sur cuando el segundo avión impactó, la mañana del 11 de septiembre de 2001. Tenía formación como bombero voluntario, aunque ese día vestía traje de oficina. Cuando el humo cubrió el piso 78, apareció entre los escombros con el rostro cubierto por un pañuelo rojo y guio a un grupo de sobrevivientes hasta una escalera que nadie más había encontrado.
Los bajó. Y volvió a subir, al menos tres veces, por un edificio que ya se desmoronaba por dentro, hasta que la torre colapsó con él adentro. Durante meses nadie supo su nombre; solo se hablaba del “hombre del pañuelo rojo”. Su madre lo identificó casi un año después, al leer un testimonio con ese detalle.
Nadie le pidió que volviera a subir; pudo salir con el primer grupo y nadie lo habría culpado. Pero algo en él —quizás el mismo instinto que lo hizo bombero desde niño— no le permitió irse mientras hubiera alguien más adentro.
El Señor Jesús dijo que no hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Crowther nunca conoció a la mayoría de quienes salvó.
La Biblia dice en Juan 15:13: “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos”. (RV1960).