El 18 de septiembre de 1810, unas cuatrocientas personas se reunieron en un cabildo abierto en Santiago. No era una revolución armada ni una declaración de guerra contra España; formalmente, seguían jurando lealtad al rey Fernando VII, preso en ese momento en Francia. Simplemente decidieron que, a falta de un monarca disponible, el gobierno debía quedar en manos de un consejo local.
Ninguno de los presentes imaginó que estaba fundando lo que con los años se celebraría como el nacimiento de un país. La independencia formal llegaría ocho años después. Pero fue ese cabildo, nacido de una decisión práctica y no de un ideal revolucionario, el que abrió la puerta a todo lo que vino.
Dios trabaja frecuentemente así en la vida de una persona: no con un quiebre dramático que se anuncia a sí mismo como histórico, sino con una decisión sencilla, casi administrativa, que solo con el tiempo revela todo lo que puso en marcha. Una oración retomada, un hábito recuperado, una conversación postergada que por fin se tiene: ninguna de esas cosas se siente como el inicio de algo grande mientras ocurre.
Hoy, mientras Chile celebra sus Fiestas Patrias, recuerda que los comienzos verdaderos rara vez se sienten como comienzos.
La Biblia dice en Salmos 33:12: “Bienaventurada la nación cuyo Dios es Jehová”. (RV1960).