Maestra sin título

Lucila Godoy nunca terminó una carrera universitaria. Según la tradición familiar, de niña fue rechazada de una escuela por considerarla poco dotada. Se educó por su cuenta, entre libros prestados, en un valle desértico del norte de Chile. A los veinte años ya enseñaba en una escuela rural, sin más título que su propia disciplina.

Firmaba sus poemas con un nombre distinto al suyo: Gabriela Mistral. En 1945 se convirtió en la primera persona de toda América Latina en ganar un Premio Nobel de Literatura, entregado a una mujer que unas décadas antes había sido considerada, por su propia comunidad, poco capaz de aprender.

Quien la rechazó de niña jamás pudo imaginar ese final. Esa es la lección más incómoda de su historia: los límites que otros ponen sobre una persona no siempre coinciden con los que Dios puso en ella. Lo que un maestro decide que no puedes llegar a ser no siempre tiene la última palabra.

Dios no mide el potencial de nadie por sus diplomas ni por lo que otros dijeron de él en el pasado. Mide el corazón dispuesto a seguir aprendiendo, aunque el mundo ya haya emitido su veredicto.

La Biblia dice en Santiago 3:13: “¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Muestre por la buena conducta sus obras en sabia mansedumbre”. (RV1960).

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