El Vaso

He escuchado algunas ilustraciones que tienen que ver con vasos pero en particular recuerdo una cuando una psicóloga en una conferencia levantó un vaso de agua. Los presentes esperábamos la típica pregunta, ¿está medio lleno o medio vacío? Sin embargo, preguntó: ¿cuánto pesa este vaso? Las respuestas oscilaron entre 200 y 250 gramos. La psicóloga respondió: el peso absoluto no es tan importante, depende de cuánto tiempo lo sostenga. Si lo sostengo un minuto, no presenta ningún problema. Si lo sostengo una hora, me dolerá la mano y el brazo. Si lo sostengo un día, mi brazo se entumecerá y paralizará. El peso del vaso no cambia, pero entre más tiempo lo sostengo, más pesado y más difícil se vuelve para soportar.

Esto me puso a pensar que las preocupaciones son como el vaso de agua. Si pensamos en ellas por un rato, no pasa nada. Si pensamos en ellas un poco más de tiempo, comienzan a doler. Pero si pensamos en ellas todo el día, acabamos sintiéndonos paralizados e incapaces de hacer nada.

Entonces, ¿cuánto pesa tu vaso? Dependen de cuánto tiempo lo quieras cargar. Dios ha prometido llevar tus cargas pero tú necesitas dejarle “tu vaso con agua” en Sus manos, ¿podrías hacerlo? La Biblia dice en Filipenses 4:6, “No se preocupen por nada; en cambio, oren por todo, Díganle a Dios lo que necesitan y denle gracias por todo lo que Él ha hecho”, (NTV).

Tiempo que se va no vuelve

En repetidas ocasiones hemos escuchado el dicho, “tiempo que se va no vuelve”. Hay personas que quisieran tener un poco más de vida para gozar de sus recursos, relaciones y posesiones. Otras desprecian el tiempo al malgastarlo y al quejarse de lo lento que pasa para ellos. Sin embargo, a todos se nos dan las mismas 24 horas al día, los mismos 1,440 minutos y los mismos 86,400 segundos. Pero lo que hacemos con ellos es lo que realmente marca la diferencia.

¿Invertimos el tiempo o lo desperdiciamos? Alguien dijo que si tuviéramos que comprar el tiempo no lo desperdiciaríamos tanto. Otros comentan que si el tiempo se pudiera comprar, sería un gran negocio. No obstante, el tiempo no se puede comprar ni negociar. Solo Dios sabe el número exacto de nuestro días. Pero lo que sí podemos hacer es invertirlo bien. ¿Cómo? Reconociendo que el tiempo es un regalo preciado. Administrando cada segundo de nuestra vida como si lo invirtiéramos en una cuenta que nos dará dividendos para nuestro beneficio. Compartiéndolo con las personas a las cuales más amamos. Aprendiendo de todas las lecciones que este nos enseña.

El tiempo también nos da perspectiva y sana nuestras heridas. Pero sobre todo debemos comprender que Dios es el dueño de nuestros tiempos y que debemos rendirle cuentas a Él. Así que, ¿cómo inviertes tu tiempo? La Biblia dice en Colosenses 4:5, “vivan sabiamente entre los que no creen en Cristo y aprovechen al máximo cada oportunidad”, (NTV).

Miedo

¿Me puede explicar de nuevo lo que va a hacer?, le pregunté al doctor. Él levantó la pequeña aguja de la jeringa que iba a usar y me dijo, “un poco de sangre saldrá por esta jeringa y llenará este pequeño tubo. No te preocupes. No te dolerá”. Esa era la primera vez en mi vida que me sacaban sangre para un examen. Recuerdo que el doctor me dijo, “tenemos que saber qué tipo de bacteria o virus tienes para poderte tratar”. Yo le pregunté, “¿habrá alguna otra manera de saberlo? Él sonriéndose me dijo, “No. Esta es la única manera de saberlo. Más vale que te acostumbres porque te sacarán sangre muchas veces en tu vida”. La verdad sentía un poco de temor pero como preguntaba tantas cosas de pequeño, ni me di cuenta cuándo terminaron de llenar los tres tubos de sangre para el examen.

Todos enfrentamos miedo a lo desconocido. Una vez y supe la información, el miedo desapareció y me llené de valor. Al final de cuentas, la aguja ni se sintió mucho y el dolor fue mínimo. Aún recuerdo que el doctor al final me dijo, “eres un niño valiente”, “sí ves, ni sentiste dolor”. Como todo niño de preescolar, me repuse rápidamente. Sin embargo, aprendí que la valentía es el antónimo del miedo y que el valor provino de la confianza que le tenía a mi doctor. ¿Le tienes confianza al doctor de doctores? ¿Le tienes confianza a Dios? Él puede expulsar todos tus miedos y hacerte valiente.
La Biblia dice en Josué 1:9, “Mi mandato es: ¡Sé fuerte y valiente! No tengas miedo ni te desanimes, porque el Señor tu Dios está contigo dondequiera que vayas”, (NTV).

Detrás Mío

Un joven pasó de largo por la puerta al entrar a una tienda llevando en su mano la pelota de softball que había comprado mientras sus amigos le esperaban en el parque para su juego. Estaba tan de prisa que no se dio cuenta de la señora que venía detrás de él. Ella traía a un bebé en una mano y muchas bolsas en la otra. El joven no detuvo la puerta al salir y le pegó directamente a la mujer haciéndole caer todas las bolsas que cargaba. Cosas como los biberones del bebé, diminutos juegos, pañales y diferentes artículos salieron volando hasta la calle. El bebé comenzó a llorar asustado y el joven volteó rápidamente diciéndole a la mujer: “perdón, no sabía que venía detrás mío. La señora le dijo: está bien, algunas veces yo tampoco presto atención”.

El joven ayudó a la mujer a recoger todas sus cosas. Al recogerlas, el joven pensó en la frase, “algunas veces yo tampoco presto atención”. Él se puso a pensar en las innumerables ocasiones que no prestaba atención en su vida diaria. Pensó en que pudiera haber dejado que la mujer pasara y nada de esto hubiese pasado. ¿Cuántas veces nos pasa lo mismo en nuestra vida cotidiana? ¿Cuántas veces nos pasa lo mismo en nuestra vida espiritual al no prestar atención a Dios?

Debemos prestar más atención a nuestros alrededores para ayudar a otros. Pero también debemos estar alerta a la voz de Dios. Probablemente Él nos abre la puerta muchas veces y nosotros no queremos entrar. La Biblia dice en 1 de Tesalonicenses 5:6, “Así que manténganse en guardia, no dormidos como los demás. Estén alerta y lúcidos”, (NTV).

Serenidad

La famosa oración de la serenidad dice lo siguiente: “Dios concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que puedo, y la sabiduría para reconocer la diferencia”. Esta simple pero a su vez profunda oración comprende mucho de lo que debe ser nuestra petición diaria hacia Dios. Según el diccionario, una persona serena es “apacible, sosegada, sin perturbación física o moral” (Dic. RAE). Pero, ¿cómo poder llegar a ser personas apacibles y sin perturbación física o moral en un mundo que se encarga de hacer totalmente lo contrario?

Los dilemas constantes que nos presenta el mundo se encargan de robarnos la serenidad. Debemos entender que hay cosas, personas y situaciones que no podremos cambiar. Los cambios no siempre dependen de nosotros y esto tiende a frustrarnos constantemente. Sin embargo, hay cosas que sí podemos cambiar y como la oración lo implora, debemos pedirle valor y tenacidad a Dios para poder hacerlo. Él desea que pongamos de nuestra parte todo lo que podamos para cambiar nuestra manera de pensar, nuestra manera de sentir y nuestra manera de actuar.

Por último, debemos pedir discernimiento y sabiduría. La sabiduría es el conocimiento aplicado de la manera correcta, en el momento indicado y en las condiciones oportunas. El aprender a discernir bien, nos ayudará a escoger bien evitando lo malo y recibiendo las bendiciones de parte de Dios. La Biblia dice en el Salmo 86:11, “Enséñame, Señor, tu camino, para que camine yo en tu verdad. Dale firmeza a mi corazón, para que siempre tema tu nombre”, (RVC).

La actitud lo dice todo

Un día leí una ilustración que aún recuerdo. Un hombre hizo una cita para ver a su doctor. Doctor, se quejó, en todo lugar que me toco parece dolerme últimamente. ¿Me estoy volviendo viejo o solo senil? Si aprieto mis rodillas, me duelen. ¡Si presiono mi estómago, me duele! Aprieto aquí en mi cabeza justo al lado de la sien y eso también me duele ¿Qué me está pasando? El doctor pidió rayos X de todo el cuerpo. Una hora pasó y luego de evaluar cuidadosamente las radiografías, el doctor volvió. Tocándose el mentón, el doctor lentamente empezó a decir: Me parece haber encontrado la razón por la que todo lo que toca le duele. ¡Bien, dígame, contestó ansiosamente el hombre! El doctor señaló las radiografías. “Su cuerpo está bien, pero su dedo está quebrado y por eso todo le duele”.

Si lo analizamos, ese dedo se parece mucho a nuestra actitud. Cuando nuestra actitud está mal “quebrada”, todo nos duele en esta vida. Por consiguiente, no podemos lidiar con las dificultades. Hasta los problemas más insignificantes nos resultan insoportables. Situaciones difíciles todos tenemos, pero la actitud marca la diferencia a la hora de avanzar confiando en la fe.

Todos los seres humanos tenemos un común denominador: fuimos creados por Dios con el potencial de ser personas de éxito. La diferencia la hacemos cada uno de nosotros cuando escogemos cómo responder a cada circunstancia. En resumidas cuentas, “la actitud lo dice todo”. La Biblia dice en Filipenses 2:5, “La actitud de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús”, (NVI).

Decide ser feliz

La definición de felicidad es el “estado de ánimo de la persona que se siente plenamente satisfecha por gozar de lo que desea o por disfrutar de algo bueno”. Si la felicidad es un estado de ánimo, entonces todo ser humano tiene la capacidad y oportunidad de ser feliz porque “ser feliz es una decisión”. Así que todos podemos ser felices cuando decidimos serlo.

Me he dado cuenta que las personas más felices no son las que tienen todo lo que desean tener ni las que gozan de todas las oportunidades en la vida. La felicidad la he visto a través de niños huérfanos en el África, a través de los grupos étnicos en la Amazonía o en las montañas de Chiapas, México. He visto familias felices con un caldo de papa o con unas simples tortillas de maíz recién cocido. He visto la felicidad en enfermos terminales quienes con su sonrisa impregnan de vida cada segundo de su poca y llena existencia. He visto la felicidad de mano de los discapacitados quienes se esfuerzan por servir a otros aun con sus limitaciones. Todos ellos “han decidido ser felices”.

Cuando decides ser feliz no esperas tener nada más de lo que ya tienes. Simplemente decides serlo. Así que, “decide ser feliz”. No esperes un nuevo día, una nueva oportunidad o una nueva condición en la que puedas llegar a estar. Dios quiere que seas feliz hoy. La Biblia dice en Proverbios 15:15-16, “Para el abatido, cada día acarrea dificultades; para el de corazón feliz, la vida es un banquete continuo. Más vale tener poco, con el temor del Señor, que tener grandes tesoros y vivir llenos de angustia”, (NTV).

Siempre espera lo mejor

“Siempre espera lo mejor y recibe lo que venga de parte de Dios”. Estas son algunas de las palabras que mi padre me enseñó un poco después de la muerte de mi madre. El esperar lo mejor debe ser una de las bisagras por las cuales hacemos rodar la rueda de nuestra vida. El desear lo mejor nos prepara para recibir lo peor. Por otro lado, el recibir lo peor nos prepara abiertamente para recibir lo mejor.

Hay personas que siempre esperan lo peor. Se les olvida que cuando sus expectativas son más grandes que sus temores, pueden vivir una vida de esperanza sin importar las circunstancias actuales. El sentido de expectativa se vuelve en el motor que mueve su proceder. Es algo que tenemos que desarrollar. Entonces, ¿cómo esperar lo mejor y recibir lo que venga de parte de Dios?

José en la Biblia es un ejemplo de ello. Fue vendido por sus hermanos. Fue puesto en la prisión por ser fiel a Dios. Se mantuvo firme en sus convicciones aun cuando algunos se olvidaron de él. Pero Dios no se olvidó de José. Un día salió de la prisión a ser el segundo al mando en el imperio egipcio. ¿Por qué? Porque siempre esperó lo mejor y recibió lo que venía de parte de Dios. ¿Lo puedes hacer tú? La Biblia dice en Isaías 41:13, “Pues yo te sostengo de tu mano derecha; yo, el Señor tu Dios. Y te digo: no tengas miedo, aquí estoy para ayudarte”, (NTV).

Debilidad y fortaleza

Las fortalezas y debilidades de una persona son el conjunto de virtudes, potencias, capacidades y rasgos positivos, por un lado, así como de sus falencias, defectos, incapacidades y rasgos negativos, por el otro. Todos tenemos las dos. Es así como el antídoto de la debilidad es su misma fortaleza. La vida varía entre estos dos extremos: el acentuar nuestras fortalezas y el desarrollar nuestras debilidades.

Se dice que las fortalezas y debilidades más comunes del ser humano son: la honestidad y la deshonestidad, la paciencia y la premura, el compromiso y el egoísmo, la valentía y la cobardía, la responsabilidad y la irresponsabilidad, la puntualidad y la impuntualidad, la organización y el desorden, la creatividad y el pensamiento llano, la proactividad y la apatía, la confianza y la duda, el carisma y la antipatía, la concentración y la dispersión, la humildad y la soberbia, el respeto y el abuso, la empatía y la indiferencia. ¿Has experimentado algunas de estas? Creo que sí.

Las fortalezas y debilidades son esenciales para vivir. Entre más vivimos nos damos cuenta de lo débiles que somos. Entonces, “bendita la debilidad que nos hace depender de Dios y que nos quita toda esperanza en nosotros mismos”. La Biblia dice en 2 de Corintios 12:9, “Cada vez él me dijo: «Mi gracia es todo lo que necesitas; mi poder actúa mejor en la debilidad». Así que ahora me alegra jactarme de mis debilidades, para que el poder de Cristo pueda actuar a través de mí”, (NTV).

Saber, esperar y creer

“Las cosas buenas vienen a los que saben esperar. Las mejores a los que no se rinden y luchan y las grandes bendiciones son para los que creen”. Me encanta esta frase porque comprende tres verbos esenciales para vivir que son: saber, esperar y creer. Los tres son necesarios porque el conocimiento nos ayuda a creer para en su efecto poder esperar. Además, el saber esperar es clave en nuestra vida. Sin embargo, es difícil esperar porque va en contra de la cultura actual.

Nos gusta tener todo lo más pronto posible. No queremos esperar en la fila, no queremos esperar en el carro, no queremos esperar para subirnos a un avión. En fin, no nos gusta esperar. Es más, entre más estatus tengas, menos tienes que esperar. ¿Y qué decir del saber? Dicen que el conocimiento es poder, pero no todo el que sabe algo puede compartirlo y experimentarlo con los demás. El saber más no garantiza el éxito. Porque entre más sabemos nos damos cuenta que no sabemos mucho y que hay mucho más por aprender.

Pero el creer trasciende aun más que el esperar y el saber. El creer nos motiva, nos desafía y se vuelve en la misma razón por la cual podemos esperar. No solo debemos “saber” sino “creer” para poder “esperar”. La Biblia dice en 2 Corintios 5:7, “Vivimos por fe, no por vista”, (NVI).