Jacob encontró a Dios en un sueño en el desierto, durmiendo sobre piedras. Moisés lo encontró en una zarza ardiente mientras pastoreaba ovejas en el lado del monte. Gedeón lo encontró trillando trigo en un lagar para esconderlo de los madianitas. En ninguno de esos casos había escenario preparado, condiciones especiales ni circunstancias favorables. Lo sagrado irrumpió en lo completamente ordinario, porque Dios no espera escenarios perfectos para encontrarse con quienes lo necesitan.
El problema no es que Dios no esté presente en los días cotidianos; es que muchas veces los vivimos demasiado de prisa para notarlo. La velocidad es el principal enemigo del discernimiento espiritual. Cuando se reduce el paso y se hace silencio interior, el corazón comienza a ver lo que siempre estuvo presente aunque nadie lo nombrara.
Este día ordinario puede ser exactamente donde Dios quiere encontrarte. Por lo tanto, no esperes una señal grandiosa para estar presente y atento. Él ya está aquí, en lo cotidiano, tan cerca como siempre, esperando ser reconocido.
La Biblia dice en Génesis 28:16: “Ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía”. (RV1960).