Hoy, en el hemisferio norte, el día y la noche duran casi lo mismo. Es el equinoccio de septiembre, el punto exacto en que la Tierra deja de inclinarse hacia el verano y empieza a inclinarse hacia el invierno. Nadie tuvo que anunciarlo ni pedir permiso. Simplemente ocurre con precisión, desde antes de que existiera un calendario para nombrarlo.
Génesis registra una promesa que Dios hizo tras el diluvio, cuando la tierra entera parecía haber perdido su orden. Es decir, mientras la tierra permanezca, habrá siembra y siega, frío y calor, verano e invierno, día y noche y nada de eso cesará. No fue una promesa para consolar solo a Noé; fue una declaración sobre cómo Dios sostiene el mundo entero, estación tras estación, sin que nadie tenga que vigilar que el sistema no falle.
Miles de años después, el equinoccio llega justo cuando debe. Ninguna guerra, ninguna crisis, ha logrado nunca romper ese ritmo. Así que, si Dios cumple con esa exactitud una promesa hecha a la creación entera, no hay razón para dudar de que cumplirá también las que te hizo a ti.
La Biblia dice en Génesis 8:22: “Mientras la tierra permanezca, no cesarán la sementera y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, y el día y la noche”. (RV1960).