En 1944, un agrónomo estadounidense llamado Norman Borlaug llegó a México para trabajar en algo que sonaba modesto: mejorar la producción de trigo de un país que llevaba años importando gran parte de su alimento. Pasó más de una década cruzando variedades, probando semillas, fracasando y volviendo a intentar en los campos áridos del centro del país.
En 1956, México dejó de importar trigo. Se había vuelto autosuficiente gracias a una nueva variedad, más resistente y de mayor rendimiento, que Borlaug desarrolló casi grano por grano. Ese mismo método, llevado después a India y Pakistán, ayudó a evitar hambrunas que amenazaban a millones de personas. En 1970 recibió el Premio Nobel de la Paz, no por firmar ningún tratado, sino por alimentar a quienes ningún tratado alcanzaba a proteger.
Nadie hace un titular de un agrónomo cruzando semillas en un campo mexicano durante doce años. Pero ese trabajo paciente terminó salvando, según cálculos posteriores, cientos de millones de vidas.
El Señor Jesús multiplicó panes para una multitud hambrienta en un instante. Dios también multiplica el pan a través de años de trabajo constante que nadie aplaude mientras ocurre.
La Biblia dice en 2 Corintios 9:10: “Y el que da semilla al que siembra, y pan al que come, proveerá y multiplicará vuestra sementera”. (RV1960).