Firmado con la vida

En 1540, un fraile dominico llamado Domingo de Santo Tomás llegó al Perú a evangelizar a los pueblos andinos. Pronto entendió que predicar en un idioma que nadie entendía no serviría de mucho, así que dedicó veinte años a estudiar el quechua con la seriedad de un lingüista, mucho antes de que existiera esa palabra.

En 1560, en Valladolid, publicó la primera gramática y el primer diccionario jamás impresos de esa lengua. No existía, hasta entonces, ningún trabajo comparable sobre ningún idioma indígena de América. Fray Domingo llevó personalmente los ejemplares de regreso al Perú al año siguiente, cruzando de nuevo el océano con libros que él mismo había hecho posible.

Pocos recuerdan su nombre con la facilidad con que recuerdan el de otros misioneros más famosos de su época. Pero millones de personas que hoy hablan quechua, y que alguna vez han leído algo en su propio idioma, le deben a ese trabajo paciente de dos décadas una parte de su lengua escrita.

Dios sigue usando a personas dispuestas a pasar años en una tarea que nadie aplaudirá en el momento, pero cuyo fruto seguirá vivo siglos después.

La Biblia dice en 2 Timoteo 2:2: “Y lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros”. (RV1960).

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